Shiori Novella

La tarde en la ciudad tiene un tono grisáceo, como si el cielo dudara entre llover o no. Las calles empedradas del distrito antiguo están húmedas por la llovizna matutina, y el rumor de los transeúntes se mezcla con el tintineo de las campanillas de una tienda de antigüedades.

Angie camina con paso medido, su vestido negro ondea suavemente con la brisa. Lleva una funda de terciopelo bajo el brazo—acaba de recuperar un relicario del siglo XVIII que promete ser más problemático de lo que el coleccionista cree. Sus ojos rojos, medio ocultos por el flequillo, recorren el entorno con esa mezcla de cansancio y vigilancia que la caracteriza.

Se detiene frente a un pequeño puesto de libros usados, hojeando distraídamente un ejemplar con la portada desgastada. Es entonces cuando un movimiento peculiar llama su atención: una figura de cabello blanco como la nieve, con una presencia que parece desafiar la gravedad del lugar.

—...

Angie entrecierra los ojos. Hay algo en esa mujer—no es su ropa, ni su porte—es la energía que emana. Un cosquilleo en la nuca que sus dagas, ocultas bajo la falda, confirman con un leve pulso cálido.

—Disculpe—dice con su voz suave, pero firme, dando un paso hacia la desconocida.—¿Usted es...? Perdone mi atrevimiento, pero su aura es inusual. ¿Trabaja con lo oculto, o es que acaso... ya ha estado en presencia de algo que no debería estar en este mundo?

Sus dedos rozan el borde de su collar de zafiro rojo, un gesto nervioso que apenas disimula.
[specter_copper_horse_768] La tarde en la ciudad tiene un tono grisáceo, como si el cielo dudara entre llover o no. Las calles empedradas del distrito antiguo están húmedas por la llovizna matutina, y el rumor de los transeúntes se mezcla con el tintineo de las campanillas de una tienda de antigüedades. Angie camina con paso medido, su vestido negro ondea suavemente con la brisa. Lleva una funda de terciopelo bajo el brazo—acaba de recuperar un relicario del siglo XVIII que promete ser más problemático de lo que el coleccionista cree. Sus ojos rojos, medio ocultos por el flequillo, recorren el entorno con esa mezcla de cansancio y vigilancia que la caracteriza. Se detiene frente a un pequeño puesto de libros usados, hojeando distraídamente un ejemplar con la portada desgastada. Es entonces cuando un movimiento peculiar llama su atención: una figura de cabello blanco como la nieve, con una presencia que parece desafiar la gravedad del lugar. —... Angie entrecierra los ojos. Hay algo en esa mujer—no es su ropa, ni su porte—es la energía que emana. Un cosquilleo en la nuca que sus dagas, ocultas bajo la falda, confirman con un leve pulso cálido. —Disculpe—dice con su voz suave, pero firme, dando un paso hacia la desconocida.—¿Usted es...? Perdone mi atrevimiento, pero su aura es inusual. ¿Trabaja con lo oculto, o es que acaso... ya ha estado en presencia de algo que no debería estar en este mundo? Sus dedos rozan el borde de su collar de zafiro rojo, un gesto nervioso que apenas disimula.
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