Llevamos tres días jugando al gato y al ratón. He cambiado dos veces de ubicación. Él a saber cuántas. Ahora, en esta nueva posición, llevo 17 horas quieto.

He llenado una botella y media y me he fumado un paquete. Siempre vuelto hacia atrás. Sobieski me enseñó que si no puedes combatir el vicio, aprende a esconderlo.

La mira recorre la ciudad. Ventana por ventana. Cientos de ellas. Cientos de vidas que no me incumben.

Algo capta mi atención en un edificio en construcción, varias plantas por debajo de mi posición. Una brasa. Pequeña. Intermitente.

Un cigarrillo encendido en la oscuridad.

Ajusto la mira. Veo el cañón de un rifle apoyado en el borde de una ventana sin cristal. Nadie detrás. Solo el cigarrillo, esperando.

Un error de novato en alguien que me ha dado esquinazo durante días.

No es un error.

Da una calada. El punto rojo se intensifica un instante y vuelve a apagarse.

Está buscando. No sabe dónde estoy. Y ha decidido que la mejor forma de encontrarme es ponerse delante y esperar a que yo dispare primero. Que el fogonazo me delate.

Apostando su vida a que voy a fallar.

Pienso en las cientos de ventanas que hay entre nosotros. En toda la gente que vive ahí dentro, ajena a esto. Y en él, en algún punto de toda esa ciudad, pensando solo en mí. Buscándome solo a mí.

Durante un instante, casi se siente bien. Que alguien me busque. Solo a mí.

Casi.

Disparo.
Llevamos tres días jugando al gato y al ratón. He cambiado dos veces de ubicación. Él a saber cuántas. Ahora, en esta nueva posición, llevo 17 horas quieto. He llenado una botella y media y me he fumado un paquete. Siempre vuelto hacia atrás. Sobieski me enseñó que si no puedes combatir el vicio, aprende a esconderlo. La mira recorre la ciudad. Ventana por ventana. Cientos de ellas. Cientos de vidas que no me incumben. Algo capta mi atención en un edificio en construcción, varias plantas por debajo de mi posición. Una brasa. Pequeña. Intermitente. Un cigarrillo encendido en la oscuridad. Ajusto la mira. Veo el cañón de un rifle apoyado en el borde de una ventana sin cristal. Nadie detrás. Solo el cigarrillo, esperando. Un error de novato en alguien que me ha dado esquinazo durante días. No es un error. Da una calada. El punto rojo se intensifica un instante y vuelve a apagarse. Está buscando. No sabe dónde estoy. Y ha decidido que la mejor forma de encontrarme es ponerse delante y esperar a que yo dispare primero. Que el fogonazo me delate. Apostando su vida a que voy a fallar. Pienso en las cientos de ventanas que hay entre nosotros. En toda la gente que vive ahí dentro, ajena a esto. Y en él, en algún punto de toda esa ciudad, pensando solo en mí. Buscándome solo a mí. Durante un instante, casi se siente bien. Que alguien me busque. Solo a mí. Casi. Disparo.
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