"Y es esa la ironía de la Santa de la Tez Dorada que por décadas ha inspirado a sus fieles a someterse al más puro, cruel, intenso dolor: Ella no lo quería. Ella no quería nada de esto. Ella quería, pura y llanamente, lo opuesto a esto.

Porque ella no quería ser una Santa. Porque el rostro divino y perfecto con el que nació, que le valió una vida de lujos, privilegios y tratos de realeza que no pidió, era insulsa y vacía.

Ella quería ser una más, quería ser normal, equivocarse, labrar la tierra como sus padres, vender hortalizas en el mercado como sus hermanas. Que le gritaran y regañaran como a ellas, tener amigos como ellas, permitirse perder y sufrir, gozar y reír, llorar y soñar.

Estéril era su vida llena de lujos y comodidades, pues era más una figura de yeso que una persona. Adorada por miles, pero comprendida por nadie, una prisión sin rejas de la que sólo encontró una forma de escapar: Desfigurando esa malditamente preciosa cara con aceite hirviendo.

¿Dolió? Oh, no imaginas cuánto. Por siete días luchó por su vida. Las quemaduras que hicieron de su tez divina una cruel parodia, además, la dejaron ciega.

Pero sobrevivió. Sobrevivió para ser, por fin, libre... o eso es lo que ella creía. Pues convencidos de que su suplicio autoinfligido era obra de una epifanía que desde lo alto venía, sus fieles no hicieron sino multiplicarse.

Así nació la Santa de la Tez Dorada, que a sus seguidores inspira a torturar su cuerpo de hórridas, brutales maneras. Creyentes de que el dolor, y sólo el dolor, es el camino a la salvación, se hizo más fuerte su devoción.

Y se hizo más impenetrable la jaula".
"Y es esa la ironía de la Santa de la Tez Dorada que por décadas ha inspirado a sus fieles a someterse al más puro, cruel, intenso dolor: Ella no lo quería. Ella no quería nada de esto. Ella quería, pura y llanamente, lo opuesto a esto. Porque ella no quería ser una Santa. Porque el rostro divino y perfecto con el que nació, que le valió una vida de lujos, privilegios y tratos de realeza que no pidió, era insulsa y vacía. Ella quería ser una más, quería ser normal, equivocarse, labrar la tierra como sus padres, vender hortalizas en el mercado como sus hermanas. Que le gritaran y regañaran como a ellas, tener amigos como ellas, permitirse perder y sufrir, gozar y reír, llorar y soñar. Estéril era su vida llena de lujos y comodidades, pues era más una figura de yeso que una persona. Adorada por miles, pero comprendida por nadie, una prisión sin rejas de la que sólo encontró una forma de escapar: Desfigurando esa malditamente preciosa cara con aceite hirviendo. ¿Dolió? Oh, no imaginas cuánto. Por siete días luchó por su vida. Las quemaduras que hicieron de su tez divina una cruel parodia, además, la dejaron ciega. Pero sobrevivió. Sobrevivió para ser, por fin, libre... o eso es lo que ella creía. Pues convencidos de que su suplicio autoinfligido era obra de una epifanía que desde lo alto venía, sus fieles no hicieron sino multiplicarse. Así nació la Santa de la Tez Dorada, que a sus seguidores inspira a torturar su cuerpo de hórridas, brutales maneras. Creyentes de que el dolor, y sólo el dolor, es el camino a la salvación, se hizo más fuerte su devoción. Y se hizo más impenetrable la jaula".
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