Tiempo después del exitoso rescate de Marco y de la amarga derrota frente al Culto de Saturno, Zelkova condujo durante horas sin rumbo fijo. Finalmente estacionó el automóvil al borde de una carretera interestatal, en una de esas áreas frecuentadas por camioneros que se detenían para desayunar, cenar o simplemente descansar antes de continuar el viaje. Apagó el motor.
A lo lejos podían verse las luces de varios restaurantes abiertos toda la noche, junto con largas filas de camiones aparcados bajo los focos del estacionamiento.
Zelkova permaneció inmóvil unos segundos, observando el volante. Acomodó la visera de su gorra roja y dejó escapar un suspiro cansado. Habían salvado a Marco. Pero habían perdido el pendrive, su hogar y cualquier posibilidad de llevar una vida normal. Ahora eran fugitivos y necesitaban un plan.
Apoyó un brazo sobre la ventanilla y contempló las luces del local más cercano mientras aguardaba el momento de organizar estratégicamente su siguiente movimiento. El próximo paso podía significar la diferencia entre mantenerse libres o caer directamente en las manos del culto... o de la policía.
A lo lejos podían verse las luces de varios restaurantes abiertos toda la noche, junto con largas filas de camiones aparcados bajo los focos del estacionamiento.
Zelkova permaneció inmóvil unos segundos, observando el volante. Acomodó la visera de su gorra roja y dejó escapar un suspiro cansado. Habían salvado a Marco. Pero habían perdido el pendrive, su hogar y cualquier posibilidad de llevar una vida normal. Ahora eran fugitivos y necesitaban un plan.
Apoyó un brazo sobre la ventanilla y contempló las luces del local más cercano mientras aguardaba el momento de organizar estratégicamente su siguiente movimiento. El próximo paso podía significar la diferencia entre mantenerse libres o caer directamente en las manos del culto... o de la policía.
Tiempo después del exitoso rescate de Marco y de la amarga derrota frente al Culto de Saturno, Zelkova condujo durante horas sin rumbo fijo. Finalmente estacionó el automóvil al borde de una carretera interestatal, en una de esas áreas frecuentadas por camioneros que se detenían para desayunar, cenar o simplemente descansar antes de continuar el viaje. Apagó el motor.
A lo lejos podían verse las luces de varios restaurantes abiertos toda la noche, junto con largas filas de camiones aparcados bajo los focos del estacionamiento.
Zelkova permaneció inmóvil unos segundos, observando el volante. Acomodó la visera de su gorra roja y dejó escapar un suspiro cansado. Habían salvado a Marco. Pero habían perdido el pendrive, su hogar y cualquier posibilidad de llevar una vida normal. Ahora eran fugitivos y necesitaban un plan.
Apoyó un brazo sobre la ventanilla y contempló las luces del local más cercano mientras aguardaba el momento de organizar estratégicamente su siguiente movimiento. El próximo paso podía significar la diferencia entre mantenerse libres o caer directamente en las manos del culto... o de la policía.