El enorme aviario se extendía frente a mí como una pequeña porción de naturaleza encapsulada. La luz atravesaba los paneles de cristal, bañando las ramas y los nidos artificiales con tonos dorados. Por una vez, el bullicio del mundo humano parecía distante.

Mis ojos recorrieron cada rincón con evidente fascinación. Había observado estrellas naciendo y muriendo, contemplado secretos cósmicos imposibles para los mortales, y aun así... aquellas aves conseguían despertar una extraña calidez en mi pecho.

—Qué criaturas tan hermosas...

Extendí una mano hacia una lechuza posada cerca. No intenté tocarla; simplemente permanecí inmóvil, permitiéndole decidir si deseaba acercarse. Después de todo, los búhos siempre habían sido seres dignos de respeto.

La pequeña inclinó la cabeza, observándome con curiosidad. No pude evitar reír suavemente.

—Sí, lo sé. Yo también soy un búho... bueno, algo parecido.

Varias aves revoloteaban entre las ramas. Algunas emitían cantos suaves mientras otras permanecían vigilantes, observándolo todo con aquellos ojos redondos y atentos que tanto me recordaban a mi propia especie.

Me acomodé sobre un banco de madera cercano, cruzando las piernas con elegancia. Una de las aves descendió hasta el respaldo y se posó detrás de mí. Otra se aventuró sobre mi hombro, acomodando sus plumas con total tranquilidad.

Mi sonrisa se volvió genuina, libre de protocolos reales, intrigas demoníacas o preocupaciones familiares.

—¿Saben? A veces los mortales creen que la sabiduría proviene de los libros o de las estrellas. Pero creo que ustedes entienden algo mucho más simple... disfrutar de la calma cuando esta se presenta.

Levanté la vista hacia el techo del aviario, donde algunas aves cruzaban el aire en amplios círculos.

—Quizás por eso siempre he sentido tanta afinidad con ustedes.

Por un momento permanecí en silencio, escuchando únicamente el batir de alas y los suaves cantos que llenaban el recinto. Era una paz poco común para alguien como yo, y precisamente por eso resultaba tan valiosa.
El enorme aviario se extendía frente a mí como una pequeña porción de naturaleza encapsulada. La luz atravesaba los paneles de cristal, bañando las ramas y los nidos artificiales con tonos dorados. Por una vez, el bullicio del mundo humano parecía distante. Mis ojos recorrieron cada rincón con evidente fascinación. Había observado estrellas naciendo y muriendo, contemplado secretos cósmicos imposibles para los mortales, y aun así... aquellas aves conseguían despertar una extraña calidez en mi pecho. —Qué criaturas tan hermosas... Extendí una mano hacia una lechuza posada cerca. No intenté tocarla; simplemente permanecí inmóvil, permitiéndole decidir si deseaba acercarse. Después de todo, los búhos siempre habían sido seres dignos de respeto. La pequeña inclinó la cabeza, observándome con curiosidad. No pude evitar reír suavemente. —Sí, lo sé. Yo también soy un búho... bueno, algo parecido. Varias aves revoloteaban entre las ramas. Algunas emitían cantos suaves mientras otras permanecían vigilantes, observándolo todo con aquellos ojos redondos y atentos que tanto me recordaban a mi propia especie. Me acomodé sobre un banco de madera cercano, cruzando las piernas con elegancia. Una de las aves descendió hasta el respaldo y se posó detrás de mí. Otra se aventuró sobre mi hombro, acomodando sus plumas con total tranquilidad. Mi sonrisa se volvió genuina, libre de protocolos reales, intrigas demoníacas o preocupaciones familiares. —¿Saben? A veces los mortales creen que la sabiduría proviene de los libros o de las estrellas. Pero creo que ustedes entienden algo mucho más simple... disfrutar de la calma cuando esta se presenta. Levanté la vista hacia el techo del aviario, donde algunas aves cruzaban el aire en amplios círculos. —Quizás por eso siempre he sentido tanta afinidad con ustedes. Por un momento permanecí en silencio, escuchando únicamente el batir de alas y los suaves cantos que llenaban el recinto. Era una paz poco común para alguien como yo, y precisamente por eso resultaba tan valiosa.
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