La luz de la luna entraba suavemente por la ventana, iluminando la habitación con un brillo plateado. Sentada sobre la cama, la joven sostenía una flor negra entre sus manos mientras contemplaba el cielo nocturno. La tranquilidad de la noche envolvía cada rincón del lugar, acompañada únicamente por el suave movimiento de las cortinas agitadas por el viento.
Su expresión permanecía serena, perdida en pensamientos que nadie más podía conocer. A lo lejos, las luces de la ciudad brillaban como pequeñas estrellas sobre la tierra, mientras el tiempo parecía avanzar más despacio bajo el resplandor de la luna.
La flor giró lentamente entre sus dedos. No había preocupaciones urgentes ni responsabilidades que reclamarán su atención. Era uno de esos raros momentos en los que podía simplemente existir, disfrutando del silencio y de la calma que la noche le ofrecía.
Por un instante, cerró los ojos y dejó que la brisa acariciara su rostro. El mundo seguía avanzando más allá de aquellas paredes, pero allí dentro todo permanecía inmóvil, como si la noche hubiera decidido detenerse solo para ella. Al abrir los ojos nuevamente, volvió a observar el firmamento, dejando que la paz de aquel momento llenara el vacío de sus pensamientos.
La luz de la luna entraba suavemente por la ventana, iluminando la habitación con un brillo plateado. Sentada sobre la cama, la joven sostenía una flor negra entre sus manos mientras contemplaba el cielo nocturno. La tranquilidad de la noche envolvía cada rincón del lugar, acompañada únicamente por el suave movimiento de las cortinas agitadas por el viento. Su expresión permanecía serena, perdida en pensamientos que nadie más podía conocer. A lo lejos, las luces de la ciudad brillaban como pequeñas estrellas sobre la tierra, mientras el tiempo parecía avanzar más despacio bajo el resplandor de la luna. La flor giró lentamente entre sus dedos. No había preocupaciones urgentes ni responsabilidades que reclamarán su atención. Era uno de esos raros momentos en los que podía simplemente existir, disfrutando del silencio y de la calma que la noche le ofrecía. Por un instante, cerró los ojos y dejó que la brisa acariciara su rostro. El mundo seguía avanzando más allá de aquellas paredes, pero allí dentro todo permanecía inmóvil, como si la noche hubiera decidido detenerse solo para ella. Al abrir los ojos nuevamente, volvió a observar el firmamento, dejando que la paz de aquel momento llenara el vacío de sus pensamientos.
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