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𝕋𝕙𝕖 𝕣𝕖𝕧𝕖𝕣𝕀𝕖 𝕠𝕗 π•₯𝕙𝕖 π•₯π• π•£π•Ÿ π•‘π•’π•˜π•– - - - - - - - - - - - - - Part: 2
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- Enlace a la primera parte: https://ficrol.com/posts/384471

El primer crujido no fue un estruendo, sino un susurro seco y desgarrador como el de una hoja de papel que se rasga de arriba abajo. El zumbido sónico alcanzó una frecuencia tan aguda que el manto de terciopelo negro del cielo comenzó a deshilacharse en hilos de sombra pura, cayendo sobre la superficie del agua dulce como ceniza de una hoguera extinta.

La fisura roja se ensanchó, transformándose en una cicatriz líquida que dividió el espacio en dos. Para ambas criaturas romper esa barrera significó un dolor tan intenso y despiadado que lo innombrable rápidamente se asimiló: Anunaki sintió el frío aplastante del fondo marino morder sus patas de humo; Apzu experimentó la desgarradora asfixia del aire seco y el peso de una gravedad que no sabía cómo sostener su cuerpo.

Sin embargo, ninguno de los dos retrocedió. Las frentes permanecieron unidas mientras la barrera invisible se deshacía entre ambos en astillas de luz escarlata, flotando en el aire como luciérnagas moribundas.

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El Primer y Último Tacto
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El encuentro físico fue una combustión silenciosa de texturas imposibles. El pelaje de humo suspendido de Anunaki se entrelazó con los hilos de plata de Apzu, creando un torbellino de destellos grises y metalizados que desafiaba la lógica del nexo. Las lágrimas de oro viejo de la criatura terrestre se mezclaron con las burbujas de azul helado del habitante del reverso, tiñendo el agua de un color violeta inédito.

No siendo eso suficiente, ninguno de los dos encontró la salvación en su abrazo, atravesando una violenta confirmación de esa incompatibilidad narrativa que arrastraban consigo. Se dieron cuenta que al ocupar la misma coordenada física, sus esencias empezarían a repelerse; reaccionando de forma destructiva y apabullante.

Allí sus siluetas, hermosas pero condenadas, comenzaron a transformarse en piedra desde las extremidades. La misma regla que los había mantenido separados ahora cobraba su precio, convirtiendo su carne en el mismo material rígido del espejo que acababan de romper. Se estaban transformando en la prisión de la que intentaban escapar.

Ahora, cabe recalcar, querido lector, que desde el margen del escenario noté como mi pluma estilográfica tembló entre mis dedos. El manuscrito estaba absorbiendo una presión insoportable; las palabras en mi cuaderno se amontonaron, borrosas, manchadas por el colapso de sus dos líneas de existencia.

Por supuesto que, como bien habrás pensado, yo pude haberlo evitado desde un principio. Pude haber tachado la fisura con un trazo rápido de mi tinta fucsia, rebobinando el tiempo para devolver a Anunaki a su superficie solitaria y a Apzu a su abismo profundo, salvando sus vidas a cambio de restaurar su condena a la distancia. Pero el verdadero drama aborrece la cobardía de los editores que prefieren la seguridad de un desarrollo monótono sobre la belleza de un clímax perfecto.

Así que dejé que el cristal terminara su trabajo.

Sus frentes permanecieron unidas y sus miradas se clavaron la una en la otra por última vez mientras el proceso se completaba. En mitad del lago, allí donde la grieta roja finalmente se cerró con un último suspiro de vapor, quedó una única estructura: una estatua perfecta, translúcida y eterna, de dos criaturas unidas en un abrazo imposible de romper.

El cielo recuperó su calma oscura y el agua volvió a ser una superficie inflexible. Sin embargo, el lugar ya no estaba vacío. Ahora, cualquiera que camine por este rincón y mire el fondo del espejo líquido, ya no verá su propio reflejo; verá la silueta de los amantes que prefirieron volverse piedra antes que seguir viviendo separados por el grosor de una página.
𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛 𝕋𝕙𝕖 𝕣𝕖𝕧𝕖𝕣𝕀𝕖 𝕠𝕗 π•₯𝕙𝕖 π•₯π• π•£π•Ÿ π•‘π•’π•˜π•– - - - - - - - - - - - - - Part: 2 𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛 - Enlace a la primera parte: https://ficrol.com/posts/384471 El primer crujido no fue un estruendo, sino un susurro seco y desgarrador como el de una hoja de papel que se rasga de arriba abajo. El zumbido sónico alcanzó una frecuencia tan aguda que el manto de terciopelo negro del cielo comenzó a deshilacharse en hilos de sombra pura, cayendo sobre la superficie del agua dulce como ceniza de una hoguera extinta. La fisura roja se ensanchó, transformándose en una cicatriz líquida que dividió el espacio en dos. Para ambas criaturas romper esa barrera significó un dolor tan intenso y despiadado que lo innombrable rápidamente se asimiló: Anunaki sintió el frío aplastante del fondo marino morder sus patas de humo; Apzu experimentó la desgarradora asfixia del aire seco y el peso de una gravedad que no sabía cómo sostener su cuerpo. Sin embargo, ninguno de los dos retrocedió. Las frentes permanecieron unidas mientras la barrera invisible se deshacía entre ambos en astillas de luz escarlata, flotando en el aire como luciérnagas moribundas. ⊱••βŠ°β‰βŠ±•═•βŠ°β‰β‰βŠ±•═•βŠ°β‰βŠ±••⊰ El Primer y Último Tacto ⊱••βŠ°β‰βŠ±•═•βŠ°β‰β‰βŠ±•═•βŠ°β‰βŠ±••⊰ El encuentro físico fue una combustión silenciosa de texturas imposibles. El pelaje de humo suspendido de Anunaki se entrelazó con los hilos de plata de Apzu, creando un torbellino de destellos grises y metalizados que desafiaba la lógica del nexo. Las lágrimas de oro viejo de la criatura terrestre se mezclaron con las burbujas de azul helado del habitante del reverso, tiñendo el agua de un color violeta inédito. No siendo eso suficiente, ninguno de los dos encontró la salvación en su abrazo, atravesando una violenta confirmación de esa incompatibilidad narrativa que arrastraban consigo. Se dieron cuenta que al ocupar la misma coordenada física, sus esencias empezarían a repelerse; reaccionando de forma destructiva y apabullante. Allí sus siluetas, hermosas pero condenadas, comenzaron a transformarse en piedra desde las extremidades. La misma regla que los había mantenido separados ahora cobraba su precio, convirtiendo su carne en el mismo material rígido del espejo que acababan de romper. Se estaban transformando en la prisión de la que intentaban escapar. Ahora, cabe recalcar, querido lector, que desde el margen del escenario noté como mi pluma estilográfica tembló entre mis dedos. El manuscrito estaba absorbiendo una presión insoportable; las palabras en mi cuaderno se amontonaron, borrosas, manchadas por el colapso de sus dos líneas de existencia. Por supuesto que, como bien habrás pensado, yo pude haberlo evitado desde un principio. Pude haber tachado la fisura con un trazo rápido de mi tinta fucsia, rebobinando el tiempo para devolver a Anunaki a su superficie solitaria y a Apzu a su abismo profundo, salvando sus vidas a cambio de restaurar su condena a la distancia. Pero el verdadero drama aborrece la cobardía de los editores que prefieren la seguridad de un desarrollo monótono sobre la belleza de un clímax perfecto. Así que dejé que el cristal terminara su trabajo. Sus frentes permanecieron unidas y sus miradas se clavaron la una en la otra por última vez mientras el proceso se completaba. En mitad del lago, allí donde la grieta roja finalmente se cerró con un último suspiro de vapor, quedó una única estructura: una estatua perfecta, translúcida y eterna, de dos criaturas unidas en un abrazo imposible de romper. El cielo recuperó su calma oscura y el agua volvió a ser una superficie inflexible. Sin embargo, el lugar ya no estaba vacío. Ahora, cualquiera que camine por este rincón y mire el fondo del espejo líquido, ya no verá su propio reflejo; verá la silueta de los amantes que prefirieron volverse piedra antes que seguir viviendo separados por el grosor de una página.
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