Zelkova arrimóse a un mástil vetusto, cuya enseña indeterminada flameaba al capricho de los vientos. Con la mirada perdida en el confín y el ceño levemente fruncido, expuso en alta voz el dilema que le corroía el ánima:

●¿Qué es la fuerza?

La cuestión quedó suspendida en el aire como un presagio. Apoyado contra la madera ajada, aguardaba que cualquier viandante, aldeano o caminante que transitase por allí osara darle respuesta.

●¿Es acaso el vigor del brazo que doblega al adversario? ¿O la templanza del espíritu que resiste cuando todo parece perdido?

Sus ojos siguieron el ondear de la bandera.

●Decidme, buen pueblo. ¿Qué nombráis fuerza? ¿La potestad de imponer la propia voluntad, o la entereza de cargar con aquello que otros rehúsan portar.

Y así permaneció, silencioso cual centinela, aguardando la voz de algún mortal que se atreviese a desentrañar tan antiguo enigma.
Zelkova arrimóse a un mástil vetusto, cuya enseña indeterminada flameaba al capricho de los vientos. Con la mirada perdida en el confín y el ceño levemente fruncido, expuso en alta voz el dilema que le corroía el ánima: ●¿Qué es la fuerza? La cuestión quedó suspendida en el aire como un presagio. Apoyado contra la madera ajada, aguardaba que cualquier viandante, aldeano o caminante que transitase por allí osara darle respuesta. ●¿Es acaso el vigor del brazo que doblega al adversario? ¿O la templanza del espíritu que resiste cuando todo parece perdido? Sus ojos siguieron el ondear de la bandera. ●Decidme, buen pueblo. ¿Qué nombráis fuerza? ¿La potestad de imponer la propia voluntad, o la entereza de cargar con aquello que otros rehúsan portar. Y así permaneció, silencioso cual centinela, aguardando la voz de algún mortal que se atreviese a desentrañar tan antiguo enigma.
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