La hierba danzaba bajo la caricia del viento mientras avanzaba por el sendero con una pequeña sonrisa dibujada en los labios. El lugar era perfecto: una colina suave, alejada de los caminos transitados, rodeada de bosques y bañada por la luz dorada de la tarde.
—¿Bonito, verdad? —comenté mientras extendía una manta sobre el suelo.
La cesta que había traído parecía extrañamente ligera. No había platos, ni pan, ni frutas, ni ninguna de las cosas que cualquiera esperaría encontrar en un picnic.
Me senté sobre la manta y observé a Ryu con una expresión tranquila, casi inocente.
—Ocho meses.
Aquellas dos palabras escaparon de mis labios con cierta calidez.
—Pensé que merecía algo especial.
La cesta se abrió.
Dentro había una cantimplora, algunas especias envueltas en pequeños saquitos de tela, cuerda... y poco más.
Demasiado poco.
La ausencia de comida resultaba evidente.
Dejé que el silencio se alargara apenas unos segundos mientras su mirada recorría el contenido una vez más.
Entonces introduje la mano hasta el fondo.
El metal brilló bajo la luz del sol.
Un cuchillo de desollar.
Lo sostuve entre los dedos y la observé con una sonrisa traviesa.
—¿De verdad creías que iba a traer la carne ya preparada?
La hoja giró suavemente antes de que la guardara de nuevo.
—Estamos en un bosque lleno de presas, amor.
Me puse en pie y extendí una mano hacia ella.
—La comida sigue corriendo por ahí.
Mis ojos se desviaron hacia la espesura de los árboles.
—¿Vamos a buscar nuestra cena?
—¿Bonito, verdad? —comenté mientras extendía una manta sobre el suelo.
La cesta que había traído parecía extrañamente ligera. No había platos, ni pan, ni frutas, ni ninguna de las cosas que cualquiera esperaría encontrar en un picnic.
Me senté sobre la manta y observé a Ryu con una expresión tranquila, casi inocente.
—Ocho meses.
Aquellas dos palabras escaparon de mis labios con cierta calidez.
—Pensé que merecía algo especial.
La cesta se abrió.
Dentro había una cantimplora, algunas especias envueltas en pequeños saquitos de tela, cuerda... y poco más.
Demasiado poco.
La ausencia de comida resultaba evidente.
Dejé que el silencio se alargara apenas unos segundos mientras su mirada recorría el contenido una vez más.
Entonces introduje la mano hasta el fondo.
El metal brilló bajo la luz del sol.
Un cuchillo de desollar.
Lo sostuve entre los dedos y la observé con una sonrisa traviesa.
—¿De verdad creías que iba a traer la carne ya preparada?
La hoja giró suavemente antes de que la guardara de nuevo.
—Estamos en un bosque lleno de presas, amor.
Me puse en pie y extendí una mano hacia ella.
—La comida sigue corriendo por ahí.
Mis ojos se desviaron hacia la espesura de los árboles.
—¿Vamos a buscar nuestra cena?
La hierba danzaba bajo la caricia del viento mientras avanzaba por el sendero con una pequeña sonrisa dibujada en los labios. El lugar era perfecto: una colina suave, alejada de los caminos transitados, rodeada de bosques y bañada por la luz dorada de la tarde.
—¿Bonito, verdad? —comenté mientras extendía una manta sobre el suelo.
La cesta que había traído parecía extrañamente ligera. No había platos, ni pan, ni frutas, ni ninguna de las cosas que cualquiera esperaría encontrar en un picnic.
Me senté sobre la manta y observé a Ryu con una expresión tranquila, casi inocente.
—Ocho meses.
Aquellas dos palabras escaparon de mis labios con cierta calidez.
—Pensé que merecía algo especial.
La cesta se abrió.
Dentro había una cantimplora, algunas especias envueltas en pequeños saquitos de tela, cuerda... y poco más.
Demasiado poco.
La ausencia de comida resultaba evidente.
Dejé que el silencio se alargara apenas unos segundos mientras su mirada recorría el contenido una vez más.
Entonces introduje la mano hasta el fondo.
El metal brilló bajo la luz del sol.
Un cuchillo de desollar.
Lo sostuve entre los dedos y la observé con una sonrisa traviesa.
—¿De verdad creías que iba a traer la carne ya preparada?
La hoja giró suavemente antes de que la guardara de nuevo.
—Estamos en un bosque lleno de presas, amor.
Me puse en pie y extendí una mano hacia ella.
—La comida sigue corriendo por ahí.
Mis ojos se desviaron hacia la espesura de los árboles.
—¿Vamos a buscar nuestra cena?