La noche era extrañamente silenciosa. Me encontraba sentado en la cima de una de las montañas más altas de la región, con las piernas cruzadas y la nichirin apoyada a mi lado. El viento agitaba mi largo cabello negro azulado mientras observaba el mar de nubes que cubría el mundo bajo mis pies. Habían pasado pocos días desde que derroté a la Primera Luna Menguante, pero aquella victoria no conseguía darme la paz que esperaba. Cerré los ojos y concentré mi respiración.
—Respiración del Fénix… concentración total…—
El aire entró lentamente en mis pulmones y durante unos segundos todo quedó en calma. El sonido del viento, las hojas de los árboles y los lejanos cantos nocturnos eran lo único que existía. Sin embargo, aquella tranquilidad duró poco. Una sensación incómoda recorrió mi espalda obligándome a abrir los ojos. A lo lejos, entre la niebla que cubría el bosque al pie de la montaña, una pequeña luz azulada avanzaba entre los árboles.
—¿Qué es eso…?—
Murmuré mientras me incorporaba lentamente.
La luz desapareció durante unos instantes y volvió a aparecer varios metros más allá. No parecía una antorcha ni tampoco el reflejo de la luna. Era algo completamente distinto. Fruncí ligeramente el ceño mientras apoyaba una mano sobre la empuñadura de mi nichirin.
—No parece un demonio…—
El viento aumentó de intensidad de repente. Mi haori comenzó a ondear con fuerza y las hojas de los árboles se elevaron por el aire. Entonces la montaña entera tembló bajo mis pies. Varias piedras rodaron por la ladera mientras una bandada de aves escapaba de los árboles.
—Respiración del Fénix… concentración total…—
El aire entró lentamente en mis pulmones y durante unos segundos todo quedó en calma. El sonido del viento, las hojas de los árboles y los lejanos cantos nocturnos eran lo único que existía. Sin embargo, aquella tranquilidad duró poco. Una sensación incómoda recorrió mi espalda obligándome a abrir los ojos. A lo lejos, entre la niebla que cubría el bosque al pie de la montaña, una pequeña luz azulada avanzaba entre los árboles.
—¿Qué es eso…?—
Murmuré mientras me incorporaba lentamente.
La luz desapareció durante unos instantes y volvió a aparecer varios metros más allá. No parecía una antorcha ni tampoco el reflejo de la luna. Era algo completamente distinto. Fruncí ligeramente el ceño mientras apoyaba una mano sobre la empuñadura de mi nichirin.
—No parece un demonio…—
El viento aumentó de intensidad de repente. Mi haori comenzó a ondear con fuerza y las hojas de los árboles se elevaron por el aire. Entonces la montaña entera tembló bajo mis pies. Varias piedras rodaron por la ladera mientras una bandada de aves escapaba de los árboles.
La noche era extrañamente silenciosa. Me encontraba sentado en la cima de una de las montañas más altas de la región, con las piernas cruzadas y la nichirin apoyada a mi lado. El viento agitaba mi largo cabello negro azulado mientras observaba el mar de nubes que cubría el mundo bajo mis pies. Habían pasado pocos días desde que derroté a la Primera Luna Menguante, pero aquella victoria no conseguía darme la paz que esperaba. Cerré los ojos y concentré mi respiración.
—Respiración del Fénix… concentración total…—
El aire entró lentamente en mis pulmones y durante unos segundos todo quedó en calma. El sonido del viento, las hojas de los árboles y los lejanos cantos nocturnos eran lo único que existía. Sin embargo, aquella tranquilidad duró poco. Una sensación incómoda recorrió mi espalda obligándome a abrir los ojos. A lo lejos, entre la niebla que cubría el bosque al pie de la montaña, una pequeña luz azulada avanzaba entre los árboles.
—¿Qué es eso…?—
Murmuré mientras me incorporaba lentamente.
La luz desapareció durante unos instantes y volvió a aparecer varios metros más allá. No parecía una antorcha ni tampoco el reflejo de la luna. Era algo completamente distinto. Fruncí ligeramente el ceño mientras apoyaba una mano sobre la empuñadura de mi nichirin.
—No parece un demonio…—
El viento aumentó de intensidad de repente. Mi haori comenzó a ondear con fuerza y las hojas de los árboles se elevaron por el aire. Entonces la montaña entera tembló bajo mis pies. Varias piedras rodaron por la ladera mientras una bandada de aves escapaba de los árboles.