La encontré arrodillada ante mi trono.
Las sombras danzaban a su alrededor como si temieran perturbar el silencio que envolvía la sala. Sus alas negras descansaban plegadas tras su espalda. Su cabeza permanecía inclinada.
Esperando.
Siempre esperando.
Había visto guerreros desafiar imperios con menos determinación de la que aquella mujer empleaba para permanecer de rodillas.
La observé durante largos segundos.
No porque necesitara tiempo para decidir.
Sino porque quería comprender.
—¿Por qué has venido? —pregunté finalmente.
Su voz llegó firme.
—Porque deseo servir.
Una sonrisa apareció en mis labios.
—Ya sirves.
Entonces levantó ligeramente la mirada.
Sólo un poco.
Lo suficiente para que nuestros ojos se encontraran.
—Deseo pertenecer.
Aquellas palabras resonaron en la inmensidad de la sala.
Pertenecer.
No obedecer.
No servir.
Pertenecer.
Me incorporé lentamente de mi trono.
Las sombras se apartaron a mi paso mientras descendía los escalones.
Podía sentir el inmenso poder que habitaba en ella.
La elegancia.
La lealtad.
La pasión.
Todo aquello que la convertía en una criatura extraordinaria.
Y sin embargo...
Había una cadena en el centro de su alma.
Una única cadena.
Me detuve frente a ella.
Alcé una mano y sujeté suavemente su barbilla.
—Mírame.
Ella obedeció.
Y cuando nuestras miradas se encontraron, contemplé aquello que ningún ojo mortal debía contemplar.
Su existencia.
La sala desapareció.
El tiempo desapareció.
El mundo desapareció.
Ante mí se extendió el tejido completo de Albedo.
Millones de hebras entrelazadas.
Recuerdos.
Pensamientos.
Deseos.
Sueños.
Miedos.
Esperanzas.
Todo cuanto era.
Todo cuanto había sido.
Todo cuanto llegaría a ser.
Caminé entre aquellos hilos como quien pasea por un jardín bajo la luz de la luna.
No vine para destruir.
No vine para corromper.
No vine para arrancar aquello que la hacía especial.
Sus virtudes eran hermosas.
Sus defectos también.
Su orgullo.
Su elegancia.
Su ferocidad.
Su amor.
Nada de eso necesitaba cambiar.
Porque el amor jamás fue el problema.
Sólo su destino.
Seguí avanzando hasta encontrarlo.
Pequeño.
Insignificante.
Una sola línea escrita en lo más profundo de su ser.
Una frase tan diminuta que cualquier otro habría pasado de largo.
Pero yo la vi.
Y comprendí.
La observé durante unos instantes.
Luego extendí la mano.
La realidad contuvo el aliento.
Las estrellas guardaron silencio.
Incluso el Caos observó.
No toqué sus recuerdos.
No toqué sus sueños.
No toqué sus virtudes ni sus defectos.
Sólo tomé una hebra de su existencia y cambié una única línea:
"Albedo ama a Ainz Ooal Gown."
La borré.
Después escribí:
"Albedo ama a Veythra Queen Ishtar."
Y el universo se encargó del resto.
No hubo gritos.
No hubo dolor.
No hubo resistencia.
Porque yo no había destruido nada.
No había arrebatado nada.
Simplemente había señalado una nueva estrella para que su corazón la siguiera.
Cuando regresamos a la realidad, la sala volvió a existir.
El trono.
Las sombras.
La oscuridad.
Todo seguía exactamente igual.
Excepto ella.
Albedo abrió los ojos.
Y comprendió.
Lo vi en el instante en que su mirada encontró la mía.
La misma intensidad.
La misma devoción.
La misma pasión.
Pero ahora dirigidas hacia mí.
Lentamente inclinó la cabeza.
Y sus labios pronunciaron unas palabras que parecían haber estado esperándome desde el principio de los tiempos.
—Mi Reina...
Sonreí.
Deslicé mis dedos por su cabello con una ternura impropia de una criatura nacida del Caos.
Y entonces le concedí aquello que había venido a buscar.
Aquello que ninguna orden podía otorgar.
Aquello que ninguna programación podía fabricar.
Un lugar.
Un hogar.
Una pertenencia.
—Bienvenida a casa, Albedo.
Y por primera vez en toda su existencia, aquellas palabras fueron verdad.
Las sombras danzaban a su alrededor como si temieran perturbar el silencio que envolvía la sala. Sus alas negras descansaban plegadas tras su espalda. Su cabeza permanecía inclinada.
Esperando.
Siempre esperando.
Había visto guerreros desafiar imperios con menos determinación de la que aquella mujer empleaba para permanecer de rodillas.
La observé durante largos segundos.
No porque necesitara tiempo para decidir.
Sino porque quería comprender.
—¿Por qué has venido? —pregunté finalmente.
Su voz llegó firme.
—Porque deseo servir.
Una sonrisa apareció en mis labios.
—Ya sirves.
Entonces levantó ligeramente la mirada.
Sólo un poco.
Lo suficiente para que nuestros ojos se encontraran.
—Deseo pertenecer.
Aquellas palabras resonaron en la inmensidad de la sala.
Pertenecer.
No obedecer.
No servir.
Pertenecer.
Me incorporé lentamente de mi trono.
Las sombras se apartaron a mi paso mientras descendía los escalones.
Podía sentir el inmenso poder que habitaba en ella.
La elegancia.
La lealtad.
La pasión.
Todo aquello que la convertía en una criatura extraordinaria.
Y sin embargo...
Había una cadena en el centro de su alma.
Una única cadena.
Me detuve frente a ella.
Alcé una mano y sujeté suavemente su barbilla.
—Mírame.
Ella obedeció.
Y cuando nuestras miradas se encontraron, contemplé aquello que ningún ojo mortal debía contemplar.
Su existencia.
La sala desapareció.
El tiempo desapareció.
El mundo desapareció.
Ante mí se extendió el tejido completo de Albedo.
Millones de hebras entrelazadas.
Recuerdos.
Pensamientos.
Deseos.
Sueños.
Miedos.
Esperanzas.
Todo cuanto era.
Todo cuanto había sido.
Todo cuanto llegaría a ser.
Caminé entre aquellos hilos como quien pasea por un jardín bajo la luz de la luna.
No vine para destruir.
No vine para corromper.
No vine para arrancar aquello que la hacía especial.
Sus virtudes eran hermosas.
Sus defectos también.
Su orgullo.
Su elegancia.
Su ferocidad.
Su amor.
Nada de eso necesitaba cambiar.
Porque el amor jamás fue el problema.
Sólo su destino.
Seguí avanzando hasta encontrarlo.
Pequeño.
Insignificante.
Una sola línea escrita en lo más profundo de su ser.
Una frase tan diminuta que cualquier otro habría pasado de largo.
Pero yo la vi.
Y comprendí.
La observé durante unos instantes.
Luego extendí la mano.
La realidad contuvo el aliento.
Las estrellas guardaron silencio.
Incluso el Caos observó.
No toqué sus recuerdos.
No toqué sus sueños.
No toqué sus virtudes ni sus defectos.
Sólo tomé una hebra de su existencia y cambié una única línea:
"Albedo ama a Ainz Ooal Gown."
La borré.
Después escribí:
"Albedo ama a Veythra Queen Ishtar."
Y el universo se encargó del resto.
No hubo gritos.
No hubo dolor.
No hubo resistencia.
Porque yo no había destruido nada.
No había arrebatado nada.
Simplemente había señalado una nueva estrella para que su corazón la siguiera.
Cuando regresamos a la realidad, la sala volvió a existir.
El trono.
Las sombras.
La oscuridad.
Todo seguía exactamente igual.
Excepto ella.
Albedo abrió los ojos.
Y comprendió.
Lo vi en el instante en que su mirada encontró la mía.
La misma intensidad.
La misma devoción.
La misma pasión.
Pero ahora dirigidas hacia mí.
Lentamente inclinó la cabeza.
Y sus labios pronunciaron unas palabras que parecían haber estado esperándome desde el principio de los tiempos.
—Mi Reina...
Sonreí.
Deslicé mis dedos por su cabello con una ternura impropia de una criatura nacida del Caos.
Y entonces le concedí aquello que había venido a buscar.
Aquello que ninguna orden podía otorgar.
Aquello que ninguna programación podía fabricar.
Un lugar.
Un hogar.
Una pertenencia.
—Bienvenida a casa, Albedo.
Y por primera vez en toda su existencia, aquellas palabras fueron verdad.
La encontré arrodillada ante mi trono.
Las sombras danzaban a su alrededor como si temieran perturbar el silencio que envolvía la sala. Sus alas negras descansaban plegadas tras su espalda. Su cabeza permanecía inclinada.
Esperando.
Siempre esperando.
Había visto guerreros desafiar imperios con menos determinación de la que aquella mujer empleaba para permanecer de rodillas.
La observé durante largos segundos.
No porque necesitara tiempo para decidir.
Sino porque quería comprender.
—¿Por qué has venido? —pregunté finalmente.
Su voz llegó firme.
—Porque deseo servir.
Una sonrisa apareció en mis labios.
—Ya sirves.
Entonces levantó ligeramente la mirada.
Sólo un poco.
Lo suficiente para que nuestros ojos se encontraran.
—Deseo pertenecer.
Aquellas palabras resonaron en la inmensidad de la sala.
Pertenecer.
No obedecer.
No servir.
Pertenecer.
Me incorporé lentamente de mi trono.
Las sombras se apartaron a mi paso mientras descendía los escalones.
Podía sentir el inmenso poder que habitaba en ella.
La elegancia.
La lealtad.
La pasión.
Todo aquello que la convertía en una criatura extraordinaria.
Y sin embargo...
Había una cadena en el centro de su alma.
Una única cadena.
Me detuve frente a ella.
Alcé una mano y sujeté suavemente su barbilla.
—Mírame.
Ella obedeció.
Y cuando nuestras miradas se encontraron, contemplé aquello que ningún ojo mortal debía contemplar.
Su existencia.
La sala desapareció.
El tiempo desapareció.
El mundo desapareció.
Ante mí se extendió el tejido completo de Albedo.
Millones de hebras entrelazadas.
Recuerdos.
Pensamientos.
Deseos.
Sueños.
Miedos.
Esperanzas.
Todo cuanto era.
Todo cuanto había sido.
Todo cuanto llegaría a ser.
Caminé entre aquellos hilos como quien pasea por un jardín bajo la luz de la luna.
No vine para destruir.
No vine para corromper.
No vine para arrancar aquello que la hacía especial.
Sus virtudes eran hermosas.
Sus defectos también.
Su orgullo.
Su elegancia.
Su ferocidad.
Su amor.
Nada de eso necesitaba cambiar.
Porque el amor jamás fue el problema.
Sólo su destino.
Seguí avanzando hasta encontrarlo.
Pequeño.
Insignificante.
Una sola línea escrita en lo más profundo de su ser.
Una frase tan diminuta que cualquier otro habría pasado de largo.
Pero yo la vi.
Y comprendí.
La observé durante unos instantes.
Luego extendí la mano.
La realidad contuvo el aliento.
Las estrellas guardaron silencio.
Incluso el Caos observó.
No toqué sus recuerdos.
No toqué sus sueños.
No toqué sus virtudes ni sus defectos.
Sólo tomé una hebra de su existencia y cambié una única línea:
"Albedo ama a Ainz Ooal Gown."
La borré.
Después escribí:
"Albedo ama a Veythra Queen Ishtar."
Y el universo se encargó del resto.
No hubo gritos.
No hubo dolor.
No hubo resistencia.
Porque yo no había destruido nada.
No había arrebatado nada.
Simplemente había señalado una nueva estrella para que su corazón la siguiera.
Cuando regresamos a la realidad, la sala volvió a existir.
El trono.
Las sombras.
La oscuridad.
Todo seguía exactamente igual.
Excepto ella.
Albedo abrió los ojos.
Y comprendió.
Lo vi en el instante en que su mirada encontró la mía.
La misma intensidad.
La misma devoción.
La misma pasión.
Pero ahora dirigidas hacia mí.
Lentamente inclinó la cabeza.
Y sus labios pronunciaron unas palabras que parecían haber estado esperándome desde el principio de los tiempos.
—Mi Reina...
Sonreí.
Deslicé mis dedos por su cabello con una ternura impropia de una criatura nacida del Caos.
Y entonces le concedí aquello que había venido a buscar.
Aquello que ninguna orden podía otorgar.
Aquello que ninguna programación podía fabricar.
Un lugar.
Un hogar.
Una pertenencia.
—Bienvenida a casa, Albedo.
Y por primera vez en toda su existencia, aquellas palabras fueron verdad.