Su verdadero nombre no puede pronunciarse, pero el terror sigue ahí. Sus ojos, luces de muerte, se encienden mordaces y destructivos; dos espejos malditos que devoran la voluntad de quien los mire, despellejando el subconsciente hasta arrastrar a la superficie aquellos horrores inenarrables que la mente humana suplica olvidar. Es el poder por el que fue maldecida. Quizá el que infundió tanto miedo que provocó la caída de su familia.
Su verdadero nombre no puede pronunciarse, pero el terror sigue ahí. Sus ojos, luces de muerte, se encienden mordaces y destructivos; dos espejos malditos que devoran la voluntad de quien los mire, despellejando el subconsciente hasta arrastrar a la superficie aquellos horrores inenarrables que la mente humana suplica olvidar. Es el poder por el que fue maldecida. Quizá el que infundió tanto miedo que provocó la caída de su familia.