🌿 Entre Raíces y Susurros
Fandom Oc
Categoría Otros
La tarde caía lentamente sobre los invernaderos de la finca Reis.
Los últimos rayos del sol se filtraban a través de los enormes ventanales de cristal, llenando el lugar de tonos dorados y anaranjados. El aire estaba impregnado del aroma a tierra húmeda, flores recién abiertas y hojas que habían sido acariciadas por el sol.
En medio de ese pequeño paraíso verde, Kyan se encontraba arrodillado junto a una mesa de cultivo.
Sus gafas descansaban ligeramente sobre la punta de su nariz mientras examinaba una extraña flor azul que había florecido esa misma mañana.
Con cuidado, sus dedos recorrían los pétalos. —Curioso... —murmuró para sí mismo. Esa planta no debería existir. Al menos, no allí.
No en esa época del año. No en ese continente. Y, sin embargo, estaba creciendo frente a él. Viva. Hermosa. Imposible.
Kyan tomó algunas notas en una libreta desgastada por el uso, pero se detuvo de repente. Algo había cambiado. Fue solo una sensación. Una suave vibración recorriendo las raíces bajo sus pies.
Una alteración en el flujo natural del jardín. Sus ojos claros se alzaron lentamente. Las hojas de varias plantas comenzaron a moverse. No por el viento. Porque dentro del invernadero no había viento.
Era otra cosa. Como si la naturaleza intentara llamar su atención. Como si quisiera advertirle de algo. Kyan se puso de pie lentamente. Su expresión seguía siendo tranquila, pero la curiosidad había despertado por completo. —¿Hay alguien ahí...? —preguntó con suavidad.
El silencio respondió durante unos segundos. Entonces, una de las enredaderas cercanas se movió por sí sola. Una sola vez. Como señalando hacia algún lugar. Kyan cerró la libreta.
Su corazón latía un poco más rápido. No por miedo. Por intriga. Y sin apartar la mirada de la dirección que las plantas parecían indicar, dio el primer paso. —Bien... —susurró con una pequeña sonrisa—. Veamos qué intentan mostrarme esta vez.
Los últimos rayos del sol se filtraban a través de los enormes ventanales de cristal, llenando el lugar de tonos dorados y anaranjados. El aire estaba impregnado del aroma a tierra húmeda, flores recién abiertas y hojas que habían sido acariciadas por el sol.
En medio de ese pequeño paraíso verde, Kyan se encontraba arrodillado junto a una mesa de cultivo.
Sus gafas descansaban ligeramente sobre la punta de su nariz mientras examinaba una extraña flor azul que había florecido esa misma mañana.
Con cuidado, sus dedos recorrían los pétalos. —Curioso... —murmuró para sí mismo. Esa planta no debería existir. Al menos, no allí.
No en esa época del año. No en ese continente. Y, sin embargo, estaba creciendo frente a él. Viva. Hermosa. Imposible.
Kyan tomó algunas notas en una libreta desgastada por el uso, pero se detuvo de repente. Algo había cambiado. Fue solo una sensación. Una suave vibración recorriendo las raíces bajo sus pies.
Una alteración en el flujo natural del jardín. Sus ojos claros se alzaron lentamente. Las hojas de varias plantas comenzaron a moverse. No por el viento. Porque dentro del invernadero no había viento.
Era otra cosa. Como si la naturaleza intentara llamar su atención. Como si quisiera advertirle de algo. Kyan se puso de pie lentamente. Su expresión seguía siendo tranquila, pero la curiosidad había despertado por completo. —¿Hay alguien ahí...? —preguntó con suavidad.
El silencio respondió durante unos segundos. Entonces, una de las enredaderas cercanas se movió por sí sola. Una sola vez. Como señalando hacia algún lugar. Kyan cerró la libreta.
Su corazón latía un poco más rápido. No por miedo. Por intriga. Y sin apartar la mirada de la dirección que las plantas parecían indicar, dio el primer paso. —Bien... —susurró con una pequeña sonrisa—. Veamos qué intentan mostrarme esta vez.
La tarde caía lentamente sobre los invernaderos de la finca Reis.
Los últimos rayos del sol se filtraban a través de los enormes ventanales de cristal, llenando el lugar de tonos dorados y anaranjados. El aire estaba impregnado del aroma a tierra húmeda, flores recién abiertas y hojas que habían sido acariciadas por el sol.
En medio de ese pequeño paraíso verde, Kyan se encontraba arrodillado junto a una mesa de cultivo.
Sus gafas descansaban ligeramente sobre la punta de su nariz mientras examinaba una extraña flor azul que había florecido esa misma mañana.
Con cuidado, sus dedos recorrían los pétalos. —Curioso... —murmuró para sí mismo. Esa planta no debería existir. Al menos, no allí.
No en esa época del año. No en ese continente. Y, sin embargo, estaba creciendo frente a él. Viva. Hermosa. Imposible.
Kyan tomó algunas notas en una libreta desgastada por el uso, pero se detuvo de repente. Algo había cambiado. Fue solo una sensación. Una suave vibración recorriendo las raíces bajo sus pies.
Una alteración en el flujo natural del jardín. Sus ojos claros se alzaron lentamente. Las hojas de varias plantas comenzaron a moverse. No por el viento. Porque dentro del invernadero no había viento.
Era otra cosa. Como si la naturaleza intentara llamar su atención. Como si quisiera advertirle de algo. Kyan se puso de pie lentamente. Su expresión seguía siendo tranquila, pero la curiosidad había despertado por completo. —¿Hay alguien ahí...? —preguntó con suavidad.
El silencio respondió durante unos segundos. Entonces, una de las enredaderas cercanas se movió por sí sola. Una sola vez. Como señalando hacia algún lugar. Kyan cerró la libreta.
Su corazón latía un poco más rápido. No por miedo. Por intriga. Y sin apartar la mirada de la dirección que las plantas parecían indicar, dio el primer paso. —Bien... —susurró con una pequeña sonrisa—. Veamos qué intentan mostrarme esta vez.
Tipo
Individual
Líneas
100
Estado
Disponible
0
turnos
0
maullidos