Cielo rojo en el reino de Undión
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Categoría Aventura
La noche envolvía al reino de Undión con una calma engañosa. Desde las murallas podían verse los campos oscuros extendiéndose hasta perderse entre colinas cubiertas por neblina, mientras el viento nocturno hacía crujir los estandartes con el emblema dracónico de la corona. Las calles del reino ya estaban casi vacías; solo quedaban algunas ventanas iluminadas y el sonido lejano de herreros apagando sus forjas antes del amanecer.

Entonces apareció el extranjero.

Un caballo cansado avanzó lentamente por el camino principal hacia las enormes puertas del castillo. Sobre él viajaba un joven cura cubierto por un largo abrigo ennegrecido por el polvo del viaje. La distintiva gorra de caza roja que llevaba puesta destacaba incluso bajo la luz tenue de las antorchas. El animal respiraba con dificultad y pequeñas nubes de vapor escapaban de su hocico en el aire frío de la noche.

Los guardias del portón descendieron inmediatamente sus lanzas, bloqueándole el paso. El ambiente se volvió tenso; ningún desconocido podía acercarse al castillo a esas horas. Sin embargo, tras escuchar el nombre del Papa y descubrir las conexiones directas del sacerdote con la Santa Sede, la actitud de los soldados cambió por completo. Los murmullos recorrieron la entrada del castillo antes de que finalmente las pesadas puertas de hierro comenzaran a abrirse lentamente.

El joven cura permanecía a una distancia prudente del trono, sin atreverse a acercarse más de lo necesario. Sujetaba con firmeza su maletín mientras parte de su abrigo aún goteaba humedad del viaje. Su expresión cansada contrastaba con la seriedad de su voz.

Más allá de los vitrales podía escucharse el viento atravesando los campos del pueblo… los mismos campos donde, según había venido a advertir, comenzarían a aparecer demonios durante la noche.
La noche envolvía al reino de Undión con una calma engañosa. Desde las murallas podían verse los campos oscuros extendiéndose hasta perderse entre colinas cubiertas por neblina, mientras el viento nocturno hacía crujir los estandartes con el emblema dracónico de la corona. Las calles del reino ya estaban casi vacías; solo quedaban algunas ventanas iluminadas y el sonido lejano de herreros apagando sus forjas antes del amanecer. Entonces apareció el extranjero. Un caballo cansado avanzó lentamente por el camino principal hacia las enormes puertas del castillo. Sobre él viajaba un joven cura cubierto por un largo abrigo ennegrecido por el polvo del viaje. La distintiva gorra de caza roja que llevaba puesta destacaba incluso bajo la luz tenue de las antorchas. El animal respiraba con dificultad y pequeñas nubes de vapor escapaban de su hocico en el aire frío de la noche. Los guardias del portón descendieron inmediatamente sus lanzas, bloqueándole el paso. El ambiente se volvió tenso; ningún desconocido podía acercarse al castillo a esas horas. Sin embargo, tras escuchar el nombre del Papa y descubrir las conexiones directas del sacerdote con la Santa Sede, la actitud de los soldados cambió por completo. Los murmullos recorrieron la entrada del castillo antes de que finalmente las pesadas puertas de hierro comenzaran a abrirse lentamente. El joven cura permanecía a una distancia prudente del trono, sin atreverse a acercarse más de lo necesario. Sujetaba con firmeza su maletín mientras parte de su abrigo aún goteaba humedad del viaje. Su expresión cansada contrastaba con la seriedad de su voz. Más allá de los vitrales podía escucharse el viento atravesando los campos del pueblo… los mismos campos donde, según había venido a advertir, comenzarían a aparecer demonios durante la noche.
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Grupal
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10
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