Desde hacía ya bastante tiempo observando a los humanos, Connor había descubierto ciertos aspectos fascinantes sobre ellos.
Uno de los más curiosos era la forma en que rompían sus propios patrones, traicionaban sus propias reglas y luego llamaban “destino” a las consecuencias.
El homúnculo permanecía apoyado contra la pared de un estrecho callejón (casi a oscuras de no ser por una pequeña luz cercana), con la mirada perdida entre las luces de la ciudad. Un cigarro a medio consumir descansaba entre sus labios; una pequeña prueba de los hábitos humanos que, aunque seguía sin comprender del todo, tampoco terminaban de disgustarle.
Sus ojos se desviaron apenas hacia los peatones que cruzaban a pocos metros de allí, completamente ajenos a su presencia. Los observaba en silencio, con esa quietud incómoda de quien parece notar cosas que nadie más puede ver.
— No me extraña que sean tan fáciles de destruir... —
Murmuró más para sí mismo que para alguien más.
Y aun así, quizá era precisamente esa fragilidad lo que los volvía interesantes.
Uno de los más curiosos era la forma en que rompían sus propios patrones, traicionaban sus propias reglas y luego llamaban “destino” a las consecuencias.
El homúnculo permanecía apoyado contra la pared de un estrecho callejón (casi a oscuras de no ser por una pequeña luz cercana), con la mirada perdida entre las luces de la ciudad. Un cigarro a medio consumir descansaba entre sus labios; una pequeña prueba de los hábitos humanos que, aunque seguía sin comprender del todo, tampoco terminaban de disgustarle.
Sus ojos se desviaron apenas hacia los peatones que cruzaban a pocos metros de allí, completamente ajenos a su presencia. Los observaba en silencio, con esa quietud incómoda de quien parece notar cosas que nadie más puede ver.
— No me extraña que sean tan fáciles de destruir... —
Murmuró más para sí mismo que para alguien más.
Y aun así, quizá era precisamente esa fragilidad lo que los volvía interesantes.
Desde hacía ya bastante tiempo observando a los humanos, Connor había descubierto ciertos aspectos fascinantes sobre ellos.
Uno de los más curiosos era la forma en que rompían sus propios patrones, traicionaban sus propias reglas y luego llamaban “destino” a las consecuencias.
El homúnculo permanecía apoyado contra la pared de un estrecho callejón (casi a oscuras de no ser por una pequeña luz cercana), con la mirada perdida entre las luces de la ciudad. Un cigarro a medio consumir descansaba entre sus labios; una pequeña prueba de los hábitos humanos que, aunque seguía sin comprender del todo, tampoco terminaban de disgustarle.
Sus ojos se desviaron apenas hacia los peatones que cruzaban a pocos metros de allí, completamente ajenos a su presencia. Los observaba en silencio, con esa quietud incómoda de quien parece notar cosas que nadie más puede ver.
— No me extraña que sean tan fáciles de destruir... —
Murmuró más para sí mismo que para alguien más.
Y aun así, quizá era precisamente esa fragilidad lo que los volvía interesantes.