La nieve caía débilmente sobre las calles vacías mientras el cura permanecía frente a una vieja cabina telefónica iluminada por una luz amarillenta y temblorosa. El frío invernal mordía sus manos y teñía el aire de un silencio pesado, pero aun así gotas de sudor descendían lentamente por su frente.
Con respiración agitada, se quitó la gorra de caza roja y pasó la manga del abrigo sobre su rostro húmedo. El vaho escapó de sus labios en pequeñas nubes blancas mientras intentaba reunir valor.
-Tú puedes… tú puedes…
Ambas manos permanecieron enterradas en los bolsillos de su largo abrigo oscuro durante unos segundos antes de decidirse. Finalmente levantó el auricular de la cabina y marcó el número con dedos temblorosos.
-¡Sí…! sí, estoy bien.
La conversación duró bastante rato. Desde afuera solo podía escucharse la voz cansada del sacerdote rompiendo el silencio de la noche.
-¿Dinero? Tengo todavía…
Abrió lentamente la billetera mientras hablaba y observó el interior vacío, salvo por unas pocas monedas de cambio descansando en una esquina gastada.
-No se preocupen por mí, puedo apañármelas.
De pronto, la línea emitió un ruido seco. La llamada se cortó. El cura frunció apenas el ceño y trató de marcar nuevamente, pero las monedas restantes no alcanzaban para pagar otra llamada. El teléfono devolvió un tono muerto y apagado. Permaneció inmóvil unos segundos antes de colgar lentamente el auricular. La nieve seguía cayendo.
-Dios...
Con la mirada perdida hacia las luces lejanas de la ciudad, el sacerdote soltó un suspiro que se mezcló con el vaho helado de la madrugada.
-Yo también los quiero…
Dijo en voz baja, casi para sí mismo.
Con respiración agitada, se quitó la gorra de caza roja y pasó la manga del abrigo sobre su rostro húmedo. El vaho escapó de sus labios en pequeñas nubes blancas mientras intentaba reunir valor.
-Tú puedes… tú puedes…
Ambas manos permanecieron enterradas en los bolsillos de su largo abrigo oscuro durante unos segundos antes de decidirse. Finalmente levantó el auricular de la cabina y marcó el número con dedos temblorosos.
-¡Sí…! sí, estoy bien.
La conversación duró bastante rato. Desde afuera solo podía escucharse la voz cansada del sacerdote rompiendo el silencio de la noche.
-¿Dinero? Tengo todavía…
Abrió lentamente la billetera mientras hablaba y observó el interior vacío, salvo por unas pocas monedas de cambio descansando en una esquina gastada.
-No se preocupen por mí, puedo apañármelas.
De pronto, la línea emitió un ruido seco. La llamada se cortó. El cura frunció apenas el ceño y trató de marcar nuevamente, pero las monedas restantes no alcanzaban para pagar otra llamada. El teléfono devolvió un tono muerto y apagado. Permaneció inmóvil unos segundos antes de colgar lentamente el auricular. La nieve seguía cayendo.
-Dios...
Con la mirada perdida hacia las luces lejanas de la ciudad, el sacerdote soltó un suspiro que se mezcló con el vaho helado de la madrugada.
-Yo también los quiero…
Dijo en voz baja, casi para sí mismo.
La nieve caía débilmente sobre las calles vacías mientras el cura permanecía frente a una vieja cabina telefónica iluminada por una luz amarillenta y temblorosa. El frío invernal mordía sus manos y teñía el aire de un silencio pesado, pero aun así gotas de sudor descendían lentamente por su frente.
Con respiración agitada, se quitó la gorra de caza roja y pasó la manga del abrigo sobre su rostro húmedo. El vaho escapó de sus labios en pequeñas nubes blancas mientras intentaba reunir valor.
-Tú puedes… tú puedes…
Ambas manos permanecieron enterradas en los bolsillos de su largo abrigo oscuro durante unos segundos antes de decidirse. Finalmente levantó el auricular de la cabina y marcó el número con dedos temblorosos.
-¡Sí…! sí, estoy bien.
La conversación duró bastante rato. Desde afuera solo podía escucharse la voz cansada del sacerdote rompiendo el silencio de la noche.
-¿Dinero? Tengo todavía…
Abrió lentamente la billetera mientras hablaba y observó el interior vacío, salvo por unas pocas monedas de cambio descansando en una esquina gastada.
-No se preocupen por mí, puedo apañármelas.
De pronto, la línea emitió un ruido seco. La llamada se cortó. El cura frunció apenas el ceño y trató de marcar nuevamente, pero las monedas restantes no alcanzaban para pagar otra llamada. El teléfono devolvió un tono muerto y apagado. Permaneció inmóvil unos segundos antes de colgar lentamente el auricular. La nieve seguía cayendo.
-Dios...
Con la mirada perdida hacia las luces lejanas de la ciudad, el sacerdote soltó un suspiro que se mezcló con el vaho helado de la madrugada.
-Yo también los quiero…
Dijo en voz baja, casi para sí mismo.