Korei Nightshade
—La Galaxia nunca ha sido un lugar seguro, y menos ahora –murmuró, cerrando los ojos y guardó la Dao del Tigre Blanco en su funda.

Para cuando la Khan llegó, ya era demasiado tarde. Aquella criatura había aprovechado las trampas que le había tendido a la Khan para escapar, y lo que encontró en su lugar fue un cascarón frío e inerte. Las pupilas de la Khan subieron hacia los altos rascacielos que desterraban la oscuridad de los alrededores desérticos de esa ciudad en la Tierra.

Tenía que encontrarla. Había viajado desde muy lejos para cazarla, para terminar de juntar las piezas de un rompecabezas cuya sombra anunciaba la llegada de algo grande y terrible que se aproximaba desde el vacío de las estrellas. Una nueva cacería había comenzado.

Aquella cosa se deslizó por la ventilación de un edicio, reptando entre sus paredes metálicas con el sigilo propio de un fantasma errante, hasta que una hermosa voz capturó su atención. Las rendijas de una luz anaranjada iluminaron las sombras azuladas de su rostro cuando la criatura asomó la cabeza. En el interior de la habitación, se encontraba una mujer de estatura alta, ojos afilados y cabello negro. Su voz era la clase de sonido que seguramente acompañaba noches enteras de recorridos por una ciudad que dormía envuelta entre la niebla y el neón. Una cantante de City pop. Dulce, melancólico, el tipo de canto que podría hipnotizar masas enteras si se lo proponía, y la criatura estaba dispuesta a ayudarla con ello.

Saltó sobre de ella.

Sus tenazas rasgaron y mordieron piel, antes de que el verdadero asalto se transladara a otro lugar; en la mente de la cantante. La mujer se cubrió el rostro con las manos, se tambaleó. Un jarrón se fragmetó en pequeños trocitos cuando su espalda dio contra un mueble. Libró una feroz batalla por el dominio de su cuerpo. Poco a poco, su voz marchitó y, cuando clavó una mano pálida sobre el borde del tocador para incorporarse, un fuego púrpura ardió en el reflejo de sus iris frente al espejo.

La criatura se tomó unos minutos para familiarizarse con esa nueva piel, comprobando el movimiento de sus dedos delicados al cerrar y abrir los puños. La respiración agitada le quemó la garganta, era un recipiente muy compacto, frágil y perfecto. Exploró algunos de los recuerdos de aquella mujer, de entre ellos, algo le resultó divertido. Al parecer, hacía no mucho que había hecho enojar a algunas personas poderosas y llevaba días intentando mantener un perfil bajo; asustada, vulnerable, como una presa acorralada que solo podía esconderse. Soltó el inicio de una risa seca, mientras se acomodaba el cabello. Luego tomó las maletas que estaban preparadas sobre la cama, y se dispuso a salir al mundo.
[blast_magenta_rat_186] —La Galaxia nunca ha sido un lugar seguro, y menos ahora –murmuró, cerrando los ojos y guardó la Dao del Tigre Blanco en su funda. Para cuando la Khan llegó, ya era demasiado tarde. Aquella criatura había aprovechado las trampas que le había tendido a la Khan para escapar, y lo que encontró en su lugar fue un cascarón frío e inerte. Las pupilas de la Khan subieron hacia los altos rascacielos que desterraban la oscuridad de los alrededores desérticos de esa ciudad en la Tierra. Tenía que encontrarla. Había viajado desde muy lejos para cazarla, para terminar de juntar las piezas de un rompecabezas cuya sombra anunciaba la llegada de algo grande y terrible que se aproximaba desde el vacío de las estrellas. Una nueva cacería había comenzado. Aquella cosa se deslizó por la ventilación de un edicio, reptando entre sus paredes metálicas con el sigilo propio de un fantasma errante, hasta que una hermosa voz capturó su atención. Las rendijas de una luz anaranjada iluminaron las sombras azuladas de su rostro cuando la criatura asomó la cabeza. En el interior de la habitación, se encontraba una mujer de estatura alta, ojos afilados y cabello negro. Su voz era la clase de sonido que seguramente acompañaba noches enteras de recorridos por una ciudad que dormía envuelta entre la niebla y el neón. Una cantante de City pop. Dulce, melancólico, el tipo de canto que podría hipnotizar masas enteras si se lo proponía, y la criatura estaba dispuesta a ayudarla con ello. Saltó sobre de ella. Sus tenazas rasgaron y mordieron piel, antes de que el verdadero asalto se transladara a otro lugar; en la mente de la cantante. La mujer se cubrió el rostro con las manos, se tambaleó. Un jarrón se fragmetó en pequeños trocitos cuando su espalda dio contra un mueble. Libró una feroz batalla por el dominio de su cuerpo. Poco a poco, su voz marchitó y, cuando clavó una mano pálida sobre el borde del tocador para incorporarse, un fuego púrpura ardió en el reflejo de sus iris frente al espejo. La criatura se tomó unos minutos para familiarizarse con esa nueva piel, comprobando el movimiento de sus dedos delicados al cerrar y abrir los puños. La respiración agitada le quemó la garganta, era un recipiente muy compacto, frágil y perfecto. Exploró algunos de los recuerdos de aquella mujer, de entre ellos, algo le resultó divertido. Al parecer, hacía no mucho que había hecho enojar a algunas personas poderosas y llevaba días intentando mantener un perfil bajo; asustada, vulnerable, como una presa acorralada que solo podía esconderse. Soltó el inicio de una risa seca, mientras se acomodaba el cabello. Luego tomó las maletas que estaban preparadas sobre la cama, y se dispuso a salir al mundo.
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