El campo de batalla había quedado en silencio. El barro mezclado con sangre, cenizas y restos de uniformes rotos. Miles de jóvenes yacían inmóviles bajo un cielo gris cubierto por humo, mientras el eco distante de los cañones moría lentamente en el horizonte.
Entre los cadáveres y los heridos caminaba el cura, con el abrigo ennegrecido por la suciedad y las botas hundiéndose en el barro. Sus manos estaban cubiertas de tierra después de pasar horas cavando tumbas improvisadas y cargando cuerpos demasiado jóvenes para morir allí. Aun así, seguía avanzando de un soldado a otro, cerrando ojos vacíos y murmurando plegarias con voz cansada.
-Lucharon bien.
Mientras colocaba una cruz improvisada sobre una fosa común.
-Encontrarán la paz en la gloria eterna.
A unos metros, algunos heridos respiraban con dificultad. El cura se arrodilló junto a ellos, vendando heridas con lo poco que quedaba de tela limpia y ofreciendo agua entre manos temblorosas. No había esperanza suficiente para todos, pero aun así permanecía allí, negándose a abandonar a quienes seguían respirando.
Cuando finalmente cayó la noche, el sacerdote se alejó unos pasos del cementerio improvisado. Sacó un cigarro arrugado del bolsillo, lo encendió con manos agotadas y dio una larga calada. La brasa iluminó apenas su rostro endurecido, mientras las sombras ocultaban casi por completo su expresión. Solo el humo escapando lentamente de sus labios rompía el silencio de aquel infierno ya terminado.
Entre los cadáveres y los heridos caminaba el cura, con el abrigo ennegrecido por la suciedad y las botas hundiéndose en el barro. Sus manos estaban cubiertas de tierra después de pasar horas cavando tumbas improvisadas y cargando cuerpos demasiado jóvenes para morir allí. Aun así, seguía avanzando de un soldado a otro, cerrando ojos vacíos y murmurando plegarias con voz cansada.
-Lucharon bien.
Mientras colocaba una cruz improvisada sobre una fosa común.
-Encontrarán la paz en la gloria eterna.
A unos metros, algunos heridos respiraban con dificultad. El cura se arrodilló junto a ellos, vendando heridas con lo poco que quedaba de tela limpia y ofreciendo agua entre manos temblorosas. No había esperanza suficiente para todos, pero aun así permanecía allí, negándose a abandonar a quienes seguían respirando.
Cuando finalmente cayó la noche, el sacerdote se alejó unos pasos del cementerio improvisado. Sacó un cigarro arrugado del bolsillo, lo encendió con manos agotadas y dio una larga calada. La brasa iluminó apenas su rostro endurecido, mientras las sombras ocultaban casi por completo su expresión. Solo el humo escapando lentamente de sus labios rompía el silencio de aquel infierno ya terminado.
El campo de batalla había quedado en silencio. El barro mezclado con sangre, cenizas y restos de uniformes rotos. Miles de jóvenes yacían inmóviles bajo un cielo gris cubierto por humo, mientras el eco distante de los cañones moría lentamente en el horizonte.
Entre los cadáveres y los heridos caminaba el cura, con el abrigo ennegrecido por la suciedad y las botas hundiéndose en el barro. Sus manos estaban cubiertas de tierra después de pasar horas cavando tumbas improvisadas y cargando cuerpos demasiado jóvenes para morir allí. Aun así, seguía avanzando de un soldado a otro, cerrando ojos vacíos y murmurando plegarias con voz cansada.
-Lucharon bien.
Mientras colocaba una cruz improvisada sobre una fosa común.
-Encontrarán la paz en la gloria eterna.
A unos metros, algunos heridos respiraban con dificultad. El cura se arrodilló junto a ellos, vendando heridas con lo poco que quedaba de tela limpia y ofreciendo agua entre manos temblorosas. No había esperanza suficiente para todos, pero aun así permanecía allí, negándose a abandonar a quienes seguían respirando.
Cuando finalmente cayó la noche, el sacerdote se alejó unos pasos del cementerio improvisado. Sacó un cigarro arrugado del bolsillo, lo encendió con manos agotadas y dio una larga calada. La brasa iluminó apenas su rostro endurecido, mientras las sombras ocultaban casi por completo su expresión. Solo el humo escapando lentamente de sus labios rompía el silencio de aquel infierno ya terminado.