Lo miró a los ojos, rindiéndose por fin ante la innegable devoción que los unía. Ya no había advertencias que sirvieran, ni muros de apatía que valiera la pena mantener frente a él.
—Te prometí que tu alma se iba a pudrir con la mía... que todo el infierno que desataran mis manos también pesaría sobre tus pasos... —susurró, con una suavidad que rara vez se permitía—. Pero aquí estás... sin miedo a mi destino. El hombre perfecto para mí.
—Te prometí que tu alma se iba a pudrir con la mía... que todo el infierno que desataran mis manos también pesaría sobre tus pasos... —susurró, con una suavidad que rara vez se permitía—. Pero aquí estás... sin miedo a mi destino. El hombre perfecto para mí.
Lo miró a los ojos, rindiéndose por fin ante la innegable devoción que los unía. Ya no había advertencias que sirvieran, ni muros de apatía que valiera la pena mantener frente a él.
—Te prometí que tu alma se iba a pudrir con la mía... que todo el infierno que desataran mis manos también pesaría sobre tus pasos... —susurró, con una suavidad que rara vez se permitía—. Pero aquí estás... sin miedo a mi destino. El hombre perfecto para mí.