Los interiores del barco parecían el cadáver de una vieja reliquia abandonada al mar. Las paredes de metal estaban cubiertas de óxido y humedad; algunas placas habían cedido al paso del tiempo, dejando pequeñas aberturas por donde el viento silbaba como un lamento lejano. Cadenas colgaban del techo balanceándose lentamente con el vaivén de las olas, produciendo un tintineo inquietante que se mezclaba con el rumor del océano golpeando el casco.
En medio de aquella penumbra decadente, una única farola colgaba del centro de la habitación. Su luz amarillenta temblaba constantemente, iluminando apenas un círculo reducido donde un pequeño grupo de personas se refugiaba en silencio. Los rostros estaban tensos, consumidos por el miedo y el cansancio. Algunos abrazaban sus propias rodillas, otros evitaban mirar hacia la oscuridad que rodeaba la estancia, como si temieran que algo pudiera emerger de ella en cualquier instante.
El joven cura permanecía sentado junto a la luz. Su sotana estaba húmeda y desgastada por el viaje, pero aun así conservaba cierta dignidad serena. Entre sus manos sostenía una pequeña vasija metálica, acariciando su superficie con los dedos.
Un niño, incapaz de contener la duda que lo atormentaba, levantó la mirada hacia él. Su voz salió temblorosa entre el silencio del barco: "¿No le parece ridículo… que alguien sacrifique su vida por otros?"
Las palabras dejaron un peso incómodo entre los presentes. Algunos desviaron la mirada; otros esperaron la respuesta con ansiedad.
Entonces habló con una calma profunda, casi cálida, impropia de un lugar tan lúgubre.
-No hay nada más noble que dar tu vida por el otro.
En medio de aquella penumbra decadente, una única farola colgaba del centro de la habitación. Su luz amarillenta temblaba constantemente, iluminando apenas un círculo reducido donde un pequeño grupo de personas se refugiaba en silencio. Los rostros estaban tensos, consumidos por el miedo y el cansancio. Algunos abrazaban sus propias rodillas, otros evitaban mirar hacia la oscuridad que rodeaba la estancia, como si temieran que algo pudiera emerger de ella en cualquier instante.
El joven cura permanecía sentado junto a la luz. Su sotana estaba húmeda y desgastada por el viaje, pero aun así conservaba cierta dignidad serena. Entre sus manos sostenía una pequeña vasija metálica, acariciando su superficie con los dedos.
Un niño, incapaz de contener la duda que lo atormentaba, levantó la mirada hacia él. Su voz salió temblorosa entre el silencio del barco: "¿No le parece ridículo… que alguien sacrifique su vida por otros?"
Las palabras dejaron un peso incómodo entre los presentes. Algunos desviaron la mirada; otros esperaron la respuesta con ansiedad.
Entonces habló con una calma profunda, casi cálida, impropia de un lugar tan lúgubre.
-No hay nada más noble que dar tu vida por el otro.
Los interiores del barco parecían el cadáver de una vieja reliquia abandonada al mar. Las paredes de metal estaban cubiertas de óxido y humedad; algunas placas habían cedido al paso del tiempo, dejando pequeñas aberturas por donde el viento silbaba como un lamento lejano. Cadenas colgaban del techo balanceándose lentamente con el vaivén de las olas, produciendo un tintineo inquietante que se mezclaba con el rumor del océano golpeando el casco.
En medio de aquella penumbra decadente, una única farola colgaba del centro de la habitación. Su luz amarillenta temblaba constantemente, iluminando apenas un círculo reducido donde un pequeño grupo de personas se refugiaba en silencio. Los rostros estaban tensos, consumidos por el miedo y el cansancio. Algunos abrazaban sus propias rodillas, otros evitaban mirar hacia la oscuridad que rodeaba la estancia, como si temieran que algo pudiera emerger de ella en cualquier instante.
El joven cura permanecía sentado junto a la luz. Su sotana estaba húmeda y desgastada por el viaje, pero aun así conservaba cierta dignidad serena. Entre sus manos sostenía una pequeña vasija metálica, acariciando su superficie con los dedos.
Un niño, incapaz de contener la duda que lo atormentaba, levantó la mirada hacia él. Su voz salió temblorosa entre el silencio del barco: "¿No le parece ridículo… que alguien sacrifique su vida por otros?"
Las palabras dejaron un peso incómodo entre los presentes. Algunos desviaron la mirada; otros esperaron la respuesta con ansiedad.
Entonces habló con una calma profunda, casi cálida, impropia de un lugar tan lúgubre.
-No hay nada más noble que dar tu vida por el otro.
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