El joven cura avanzaba entre las montañas cubiertas de nieve y piedra afilada, soportando el frío que cortaba la piel y el cansancio que hacía temblar sus piernas. Cada paso parecía desafiar los límites humanos; el viento rugía como si quisiera arrojarlo al vacío, pero aun así continuó escalando con una determinación silenciosa. Tras horas interminables, finalmente alcanzó la cima, donde el mundo parecía detenerse entre las nubes y la luz pálida del amanecer. Allí, en medio de aquel paisaje hostil, crecía una pequeña flor morada balanceándose suavemente con el viento. El cura la observó en silencio, y una tenue sonrisa cansada apareció en su rostro mientras murmuraba con delicadeza: “Sus favoritas…”
El joven cura avanzaba entre las montañas cubiertas de nieve y piedra afilada, soportando el frío que cortaba la piel y el cansancio que hacía temblar sus piernas. Cada paso parecía desafiar los límites humanos; el viento rugía como si quisiera arrojarlo al vacío, pero aun así continuó escalando con una determinación silenciosa. Tras horas interminables, finalmente alcanzó la cima, donde el mundo parecía detenerse entre las nubes y la luz pálida del amanecer. Allí, en medio de aquel paisaje hostil, crecía una pequeña flor morada balanceándose suavemente con el viento. El cura la observó en silencio, y una tenue sonrisa cansada apareció en su rostro mientras murmuraba con delicadeza: “Sus favoritas…”