El joven cura atravesó durante horas caminos olvidados, montado sobre una vieja motocicleta que rugía entre las inmensas estepas secas y las montañas interminables. El abrigo rojo, cubierto de polvo y tierra, ondeaba detrás de él como una bandera desgastada, mientras la maleta atada al costado del vehículo golpeaba suavemente con cada desnivel del terreno.

El sol caía justo en el momento más cruel del día, aplastando el horizonte bajo una luz blanca y agotadora. El aire parecía arder dentro de sus pulmones; incluso respirar se volvía pesado. El sudor descendía por su cuello y empapaba el viejo cuello clerical que todavía conservaba, como un recuerdo obstinado de la vida que intentaba abandonar.

Finalmente detuvo la motocicleta junto a una formación rocosa elevada, una especie de plataforma natural abierta hacia el vacío del paisaje. El motor murió lentamente hasta quedar en silencio absoluto. Entonces todo quedó quieto.

El joven avanzó unos pasos y se sentó al borde de la piedra caliente, apoyando los brazos sobre las rodillas mientras el viento seco agitaba su cabello oscuro. Frente a él se extendía una cordillera gigantesca e impoluta: montañas de puntas blancas que atravesaban las nubes como cuchillas celestiales, intactas, lejanas, indiferentes al dolor humano. Solo el viento. Solo el horizonte infinito. Y las cenizas de su amada descansando dentro de la maleta, esperando encontrar un lugar digno bajo aquel cielo inmenso.
El joven cura atravesó durante horas caminos olvidados, montado sobre una vieja motocicleta que rugía entre las inmensas estepas secas y las montañas interminables. El abrigo rojo, cubierto de polvo y tierra, ondeaba detrás de él como una bandera desgastada, mientras la maleta atada al costado del vehículo golpeaba suavemente con cada desnivel del terreno. El sol caía justo en el momento más cruel del día, aplastando el horizonte bajo una luz blanca y agotadora. El aire parecía arder dentro de sus pulmones; incluso respirar se volvía pesado. El sudor descendía por su cuello y empapaba el viejo cuello clerical que todavía conservaba, como un recuerdo obstinado de la vida que intentaba abandonar. Finalmente detuvo la motocicleta junto a una formación rocosa elevada, una especie de plataforma natural abierta hacia el vacío del paisaje. El motor murió lentamente hasta quedar en silencio absoluto. Entonces todo quedó quieto. El joven avanzó unos pasos y se sentó al borde de la piedra caliente, apoyando los brazos sobre las rodillas mientras el viento seco agitaba su cabello oscuro. Frente a él se extendía una cordillera gigantesca e impoluta: montañas de puntas blancas que atravesaban las nubes como cuchillas celestiales, intactas, lejanas, indiferentes al dolor humano. Solo el viento. Solo el horizonte infinito. Y las cenizas de su amada descansando dentro de la maleta, esperando encontrar un lugar digno bajo aquel cielo inmenso.
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