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‎โ› ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ Nacieron durante el invierno en que los caminos dejaron de conducir a los pueblos y comenzaron a llevar únicamente hacia las tumbas. Fue una época donde la nieve cubría los cuerpos antes de que las familias pudieran reclamarlos y los lobos aprendieron a seguir el sonido de las campanas funerarias.

Los viejos relatos cuentan que un rey, desesperado por terminar una guerra imposible, pidió ayuda a algo que dormía debajo del mundo. No un dios, no las raíces de las montañas, ni siquiera el fuego de un demonio del mundo antiguo. Los dioses todavía exigen amor o fe; esto solo tenía hambre. Y el hambre respondió.

Los Vaeltaja llegaron después de eso. Altos, silenciosos, cubiertos con pieles oscuras y hierro ennegrecido. Nunca marchaban en grupo, pero los campos quedaban vacíos tras su paso al igual que si hubieran atravesado llanuras oscuras o ejércitos enteros. No tomaban prisioneros, no levantaban estandartes; solo aparecían cuando el invierno era especialmente cruel o una tierra había acumulado demasiados muertos sin enterrar. La gente comenzó a dejarles ofrendas fuera de las aldeas. Carne, herramientas, a veces niños enfermos que no sobrevivirían otra nevada, y todo para que les dieran un entierro digno.

๐‘†๐‘–๐‘› ๐‘’๐‘š๐‘๐‘Ž๐‘Ÿ๐‘”๐‘œ, ๐‘’๐‘™๐‘™๐‘œ๐‘  ๐‘๐‘Ž๐‘ ๐‘– ๐‘›๐‘ข๐‘›๐‘๐‘Ž ๐‘Ž๐‘๐‘’๐‘๐‘ก๐‘Ž๐‘๐‘Ž๐‘› ๐‘’๐‘™ ๐‘œ๐‘Ÿ๐‘œ, ๐‘๐‘’๐‘Ÿ๐‘œ ๐‘ ๐‘–๐‘’๐‘š๐‘๐‘Ÿ๐‘’ ๐‘ ๐‘’ ๐‘™๐‘™๐‘’๐‘ฃ๐‘Ž๐‘๐‘Ž๐‘› ๐‘Ž๐‘™๐‘”๐‘œ.

Con el tiempo dejaron de ser vistos como hombres y comenzaron a convertirse en mal augurio, en advertencia. Las madres decían a sus hijos que no siguieran las voces en medio de la tormenta, porque los Vaeltaja imitaban los tonos de quienes uno extrañaba. Otros aseguraban que bajo sus cascos no había rostro, solo dientes pálidos y un vacío que respiraba. Nadie logró comprobarlo nunca.

Los pocos que sobrevivían a encontrarlos hablaban de algo peor: ๐‘™๐‘Ž ๐‘๐‘Ž๐‘™๐‘š๐‘Ž.

Porque un Vaeltaja jamás parecía furioso a simple vista. Ni siquiera durante la matanza. Caminaban entre cuerpos con la misma quietud con la que un alto sacerdote recorre una catedral vacía. Como si matar no fuese violencia para ellos, sino un oficio. Como si cada hueso roto obedeciera una ley antigua que el resto del mundo había olvidado.

Pero hay otro relato. Uno menos... "๐‘Ÿ๐‘’๐‘๐‘’๐‘ก๐‘–๐‘‘๐‘œ".

Dicen que un Vaeltaja, hace mucho tiempo, permaneció demasiado tiempo cerca de una aldea. No cazó, no habló. Solo regresaba una y otra vez al mismo lugar, observando desde el bosque como un animal incapaz de abandonar algo que no entiende. Y cuando finalmente volvió a marcharse, el invierno lo siguió detrás. La aldea desapareció antes de la primavera, pues no encontraron cuerpos, solo huellas alrededor de las casas. Él no llevaba estandarte ni juramento visible. El hierro negro de su armadura estaba tan gastado que parecía haber sido arrastrado por el fondo de algún lugar. Atravesó pueblos enfermos, fosas abiertas y bosques donde incluso los lobos evitaban entrar.

Un pueblo pequeño enterrado entre montañas negras, demasiado lejos de todo para importar realmente. El hambre ya había llegado antes que las bestias; las chimeneas dejaron de encenderse una por una, y la nieve cubría los techos como una mortaja blanca. Él permaneció ahí; quizá el deber, quizá un juramento. Pero se quedó porque todavía había alguien respirando.

Las historias dicen que las criaturas del bosque comenzaron a rodear el valle la última nevada. Miles de ojos moviéndose entre los árboles al caer la noche y nadie sabe cuánto duró realmente esa nevada. Algunos hablan de días. Otros de semanas enteras donde el sonido del hierro y los gritos jamás se detuvieron.

Cuando llegó la primavera, el pueblo seguía en pie. No estaba vacío, y encontraron que la aldea estaba llena y prosperando. Ni bestias, ni rastro de batalla. Ni sangre, ni vísceras.

๐‘†๐‘œ๐‘™๐‘œ ๐‘™๐‘Ž ๐‘›๐‘–๐‘’๐‘ฃ๐‘’ ๐‘‘๐‘’๐‘Ÿ๐‘Ÿ๐‘’๐‘ก๐‘–๐‘‘๐‘Ž, ๐‘Ž๐‘ข๐‘”๐‘ข๐‘Ÿ๐‘Ž๐‘›๐‘‘๐‘œ ๐‘ข๐‘› ๐‘š๐‘Ž๐‘›ฬƒ๐‘Ž๐‘›๐‘Ž.


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Los viejos relatos cuentan que un rey, desesperado por terminar una guerra imposible, pidió ayuda a algo que dormía debajo del mundo. No un dios, no las raíces de las montañas, ni siquiera el fuego de un demonio del mundo antiguo. Los dioses todavía exigen amor o fe; esto solo tenía hambre. Y el hambre respondió. Los Vaeltaja llegaron después de eso. Altos, silenciosos, cubiertos con pieles oscuras y hierro ennegrecido. Nunca marchaban en grupo, pero los campos quedaban vacíos tras su paso al igual que si hubieran atravesado llanuras oscuras o ejércitos enteros. No tomaban prisioneros, no levantaban estandartes; solo aparecían cuando el invierno era especialmente cruel o una tierra había acumulado demasiados muertos sin enterrar. La gente comenzó a dejarles ofrendas fuera de las aldeas. 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Caminaban entre cuerpos con la misma quietud con la que un alto sacerdote recorre una catedral vacía. Como si matar no fuese violencia para ellos, sino un oficio. Como si cada hueso roto obedeciera una ley antigua que el resto del mundo había olvidado. Pero hay otro relato. Uno menos... "๐‘Ÿ๐‘’๐‘๐‘’๐‘ก๐‘–๐‘‘๐‘œ". Dicen que un Vaeltaja, hace mucho tiempo, permaneció demasiado tiempo cerca de una aldea. No cazó, no habló. Solo regresaba una y otra vez al mismo lugar, observando desde el bosque como un animal incapaz de abandonar algo que no entiende. Y cuando finalmente volvió a marcharse, el invierno lo siguió detrás. La aldea desapareció antes de la primavera, pues no encontraron cuerpos, solo huellas alrededor de las casas. Él no llevaba estandarte ni juramento visible. El hierro negro de su armadura estaba tan gastado que parecía haber sido arrastrado por el fondo de algún lugar. Atravesó pueblos enfermos, fosas abiertas y bosques donde incluso los lobos evitaban entrar. Un pueblo pequeño enterrado entre montañas negras, demasiado lejos de todo para importar realmente. El hambre ya había llegado antes que las bestias; las chimeneas dejaron de encenderse una por una, y la nieve cubría los techos como una mortaja blanca. Él permaneció ahí; quizá el deber, quizá un juramento. Pero se quedó porque todavía había alguien respirando. Las historias dicen que las criaturas del bosque comenzaron a rodear el valle la última nevada. Miles de ojos moviéndose entre los árboles al caer la noche y nadie sabe cuánto duró realmente esa nevada. Algunos hablan de días. Otros de semanas enteras donde el sonido del hierro y los gritos jamás se detuvieron. Cuando llegó la primavera, el pueblo seguía en pie. No estaba vacío, y encontraron que la aldea estaba llena y prosperando. Ni bestias, ni rastro de batalla. 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