La cortina metálica de la veterinaria se alzó lentamente entre chirridos, dejando escapar el tenue olor a desinfectante y humedad atrapada de la noche anterior. Aún era temprano; las calles seguían medio dormidas, cubiertas por esa neblina gris azulada típica de las mañanas lluviosas en Tokio.
Kurogawa Umi sostuvo el cigarrillo apagado entre los labios mientras acomodaba el letrero de OPEN sobre la puerta de cristal. Detrás de ella, el sonido seco de unas uñas reptilianas resonó contra el suelo; la vieja iguana que vivía en la clínica acababa de despertar.
Al otro lado de la calle, dos vecinas bajaron la voz apenas la vieron salir.
Señora 1: Dicen que anoche volvió a llegar alguien herido…
Señora 2: ¿Humano?
Señora 1: Eso escuché.
Umi levantó apenas la mirada hacia ellas. Silencio incómodo.
Las mujeres se tensaron un segundo… hasta que una sonrió con nerviosismo.
Ambas: B-Buenos días, Umi-san.
Ella sostuvo la puerta abierta mientras exhalaba por la nariz, cansada. —Buenos días. — Y como si nada hubiera pasado, volvió al interior de la veterinaria mientras las luces blancas del quirófano terminaban de encenderse.
Kurogawa Umi sostuvo el cigarrillo apagado entre los labios mientras acomodaba el letrero de OPEN sobre la puerta de cristal. Detrás de ella, el sonido seco de unas uñas reptilianas resonó contra el suelo; la vieja iguana que vivía en la clínica acababa de despertar.
Al otro lado de la calle, dos vecinas bajaron la voz apenas la vieron salir.
Señora 1: Dicen que anoche volvió a llegar alguien herido…
Señora 2: ¿Humano?
Señora 1: Eso escuché.
Umi levantó apenas la mirada hacia ellas. Silencio incómodo.
Las mujeres se tensaron un segundo… hasta que una sonrió con nerviosismo.
Ambas: B-Buenos días, Umi-san.
Ella sostuvo la puerta abierta mientras exhalaba por la nariz, cansada. —Buenos días. — Y como si nada hubiera pasado, volvió al interior de la veterinaria mientras las luces blancas del quirófano terminaban de encenderse.
La cortina metálica de la veterinaria se alzó lentamente entre chirridos, dejando escapar el tenue olor a desinfectante y humedad atrapada de la noche anterior. Aún era temprano; las calles seguían medio dormidas, cubiertas por esa neblina gris azulada típica de las mañanas lluviosas en Tokio.
Kurogawa Umi sostuvo el cigarrillo apagado entre los labios mientras acomodaba el letrero de OPEN sobre la puerta de cristal. Detrás de ella, el sonido seco de unas uñas reptilianas resonó contra el suelo; la vieja iguana que vivía en la clínica acababa de despertar.
Al otro lado de la calle, dos vecinas bajaron la voz apenas la vieron salir.
Señora 1: Dicen que anoche volvió a llegar alguien herido…
Señora 2: ¿Humano?
Señora 1: Eso escuché.
Umi levantó apenas la mirada hacia ellas. Silencio incómodo.
Las mujeres se tensaron un segundo… hasta que una sonrió con nerviosismo.
Ambas: B-Buenos días, Umi-san.
Ella sostuvo la puerta abierta mientras exhalaba por la nariz, cansada. —Buenos días. — Y como si nada hubiera pasado, volvió al interior de la veterinaria mientras las luces blancas del quirófano terminaban de encenderse.