๐ถ๐‘Ÿ๐‘œฬ๐‘›๐‘–๐‘๐‘Ž ๐‘‘๐‘’ ๐‘†๐‘–๐‘’๐‘”๐‘š๐‘’๐‘ฆ๐‘’๐‘Ÿ — ๐‘†๐‘Ž๐‘›๐‘”๐‘Ÿ๐‘’ ๐‘‰๐‘–๐‘’๐‘—๐‘Ž ๐‘ฆ ๐‘๐‘ข๐‘’๐‘ฃ๐‘Ž.

Ya habían pasado casi cincuenta años desde aquella mañana en que tenía catorce y vi morir a toda mi familia. Cincuenta años de batallas, de heridas que cerraban solas, de despertar entre cadáveres mientras otros se pudrían a mi lado. Para entonces todos los que alguna vez me conocieron ya sabían lo que era, el inmortal, el maldito. El que la muerte escupía una y otra vez.

Esa noche lo intentaron de verdad. Habíamos tomado la catedral dos días antes. Mis hombres, en ese entonces, un ejército harapiento de doscientos veteranos que me habían seguido durante la última guerra civil, acamparon entre los escombros. Yo entré solo a las criptas, como siempre. Salí cubierto de más sangre. Cuando me vieron, ya no había disimulo en sus ojos.

El capitán Draven, que había luchado a mi lado durante quince años, fue el primero en hablar claro alrededor de la hoguera.

"Mientras tú sigas vivo, nosotros nunca tendremos paz. Los sacerdotes dicen que eres una aberración. Que mientras camines, la maldición cae sobre todos los que te seguimos. Tenemos que acabar con esto."

No discutí. Solo me quedé mirando las llamas. Esa misma noche vinieron por mí, cien hombres, todo un pelotón. Los que más me debían la vida fueron los que más afilaron sus cuchillos. Me despertaron con acero, una espada en la garganta, tres lanzas en el pecho, antorchas prendiendo mi capa. Sentí cómo me cortaban, me atravesaban, me quemaban. El dolor era el de siempre, profundo, interminable, caí y morí otra vez.

Y desperté, Estaba en medio del patio principal de la catedral, rodeado de ruinas blancas ahora teñidas de rojo. Mi armadura negra estaba abollada y rota en mil lugares, pero mi cuerpo ya se había recompuesto. La capa roja y chamuscada, colgaba pesada, empapada, chorreando. Mi espada, simple y mellada por décadas de uso, yacía a unos metros, ma recogí. Ellos me miraron horrorizados, cien hombres armados, con lanzas, espadas y ballestas, retrocediendo como si yo fuera el demonio que creían.

Draven gritó, "¡Matadlo otra vez! ¡Tiene que morir de verdad!"

Cargaron. Fue una carnicería que duró toda la noche. Yo solo contra cien, no pedí piedad, ni di tregua. Cada vez que me derribaban, me levantaba minutos después. Cada vez que me abrían el vientre o me partían el cráneo, volvía a ponerme de pie. Corté gargantas, atravesé corazones, rompí rodillas. La sangre de mis antiguos hermanos salpicaba las paredes blancas de la catedral y se mezclaba con la mía.

Al amanecer solo quedaban unos pocos vivos, retrocediendo entre los escombros. Draven estaba de rodillas frente a mí, con el brazo izquierdo colgando de un hilo y los ojos llenos de terror.

"Perdónanos..." susurró.

No respondí. Solo limpié mi espada en su capa y lo dejé allí, vivo, para que cargara con lo que había hecho.
๐ถ๐‘Ÿ๐‘œฬ๐‘›๐‘–๐‘๐‘Ž ๐‘‘๐‘’ ๐‘†๐‘–๐‘’๐‘”๐‘š๐‘’๐‘ฆ๐‘’๐‘Ÿ — ๐‘†๐‘Ž๐‘›๐‘”๐‘Ÿ๐‘’ ๐‘‰๐‘–๐‘’๐‘—๐‘Ž ๐‘ฆ ๐‘๐‘ข๐‘’๐‘ฃ๐‘Ž. Ya habían pasado casi cincuenta años desde aquella mañana en que tenía catorce y vi morir a toda mi familia. Cincuenta años de batallas, de heridas que cerraban solas, de despertar entre cadáveres mientras otros se pudrían a mi lado. Para entonces todos los que alguna vez me conocieron ya sabían lo que era, el inmortal, el maldito. El que la muerte escupía una y otra vez. Esa noche lo intentaron de verdad. Habíamos tomado la catedral dos días antes. Mis hombres, en ese entonces, un ejército harapiento de doscientos veteranos que me habían seguido durante la última guerra civil, acamparon entre los escombros. Yo entré solo a las criptas, como siempre. Salí cubierto de más sangre. Cuando me vieron, ya no había disimulo en sus ojos. El capitán Draven, que había luchado a mi lado durante quince años, fue el primero en hablar claro alrededor de la hoguera. "Mientras tú sigas vivo, nosotros nunca tendremos paz. Los sacerdotes dicen que eres una aberración. Que mientras camines, la maldición cae sobre todos los que te seguimos. Tenemos que acabar con esto." No discutí. Solo me quedé mirando las llamas. Esa misma noche vinieron por mí, cien hombres, todo un pelotón. Los que más me debían la vida fueron los que más afilaron sus cuchillos. Me despertaron con acero, una espada en la garganta, tres lanzas en el pecho, antorchas prendiendo mi capa. Sentí cómo me cortaban, me atravesaban, me quemaban. El dolor era el de siempre, profundo, interminable, caí y morí otra vez. Y desperté, Estaba en medio del patio principal de la catedral, rodeado de ruinas blancas ahora teñidas de rojo. Mi armadura negra estaba abollada y rota en mil lugares, pero mi cuerpo ya se había recompuesto. La capa roja y chamuscada, colgaba pesada, empapada, chorreando. Mi espada, simple y mellada por décadas de uso, yacía a unos metros, ma recogí. Ellos me miraron horrorizados, cien hombres armados, con lanzas, espadas y ballestas, retrocediendo como si yo fuera el demonio que creían. Draven gritó, "¡Matadlo otra vez! ¡Tiene que morir de verdad!" Cargaron. Fue una carnicería que duró toda la noche. Yo solo contra cien, no pedí piedad, ni di tregua. Cada vez que me derribaban, me levantaba minutos después. Cada vez que me abrían el vientre o me partían el cráneo, volvía a ponerme de pie. Corté gargantas, atravesé corazones, rompí rodillas. La sangre de mis antiguos hermanos salpicaba las paredes blancas de la catedral y se mezclaba con la mía. Al amanecer solo quedaban unos pocos vivos, retrocediendo entre los escombros. Draven estaba de rodillas frente a mí, con el brazo izquierdo colgando de un hilo y los ojos llenos de terror. "Perdónanos..." susurró. No respondí. Solo limpié mi espada en su capa y lo dejé allí, vivo, para que cargara con lo que había hecho.
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