Solían llamarlo monstruo, una aberración que jamás debió tocar el Sol.

Pero los Dioses no eran distintos, solo sus rostros enorgullecidos por una belleza ínfima eran el reclamo de la perfección, aunque sus corazones estaban podridos.

Ella, prefería admirar el abismo o precisamente a él. Un coloso abandonado como un niño en el bosque el cual buscaba con la mirada en que se había equivocado, cuando no había nada que culpar.
Solían llamarlo monstruo, una aberración que jamás debió tocar el Sol. Pero los Dioses no eran distintos, solo sus rostros enorgullecidos por una belleza ínfima eran el reclamo de la perfección, aunque sus corazones estaban podridos. Ella, prefería admirar el abismo o precisamente a él. Un coloso abandonado como un niño en el bosque el cual buscaba con la mirada en que se había equivocado, cuando no había nada que culpar.
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