── Vaya, sí eso es lo que necesita. Vaya, no le detendré. ──

Isaac aceptó la petición con una calma que rozaba la desidia. Ella quería una iglesia; quería rezar para remendar un espíritu que ya goteaba oscuridad.

Pero cuando la alerta de "bestia en el templo" llegó a oídos del joven Van Helsing, no hubo sorpresa, solo una confirmación de lo inevitable.

Al cruzar el umbral, la encontró. No había gruñidos, solo el rítmico chocar de las cuentas de un rosario entre garras. Ella oraba, sumergida en ese trance hipnótico que solo la fe o la locura pueden provocar.

Isaac, con la paciencia de quien ha visto a dioses sangrar, se sentó a su lado. No desenfundó el acero; simplemente unió sus manos y esperó.

Al terminar el último susurro, la verdad cayó sobre la mesa con el peso de una lápida, así que Isaac le ofreció las únicas dos salidas que su apellido permitía: la muerte a manos de él, o el milagro de recuperar su piel.

Las horas se consumieron entre el incienso, las velas que se iban derritiendo con el paso del tiempo y el frío

Isaac salió de la iglesia cargando el cadáver de una mujer, ocultando sus propias facciones bajo la capucha.

No hubo pelea; resultaba extrañamente perturbador que un monstruo decidiera reclamar su propia muerte, como si supiera que su nueva apariencia jamás la iba a decir descansar, ignorante a que si había posibilidad de volver a lucir humana, pero ella no tuvo interés en ello.
── Vaya, sí eso es lo que necesita. Vaya, no le detendré. ── Isaac aceptó la petición con una calma que rozaba la desidia. Ella quería una iglesia; quería rezar para remendar un espíritu que ya goteaba oscuridad. Pero cuando la alerta de "bestia en el templo" llegó a oídos del joven Van Helsing, no hubo sorpresa, solo una confirmación de lo inevitable. Al cruzar el umbral, la encontró. No había gruñidos, solo el rítmico chocar de las cuentas de un rosario entre garras. Ella oraba, sumergida en ese trance hipnótico que solo la fe o la locura pueden provocar. Isaac, con la paciencia de quien ha visto a dioses sangrar, se sentó a su lado. No desenfundó el acero; simplemente unió sus manos y esperó. Al terminar el último susurro, la verdad cayó sobre la mesa con el peso de una lápida, así que Isaac le ofreció las únicas dos salidas que su apellido permitía: la muerte a manos de él, o el milagro de recuperar su piel. Las horas se consumieron entre el incienso, las velas que se iban derritiendo con el paso del tiempo y el frío Isaac salió de la iglesia cargando el cadáver de una mujer, ocultando sus propias facciones bajo la capucha. No hubo pelea; resultaba extrañamente perturbador que un monstruo decidiera reclamar su propia muerte, como si supiera que su nueva apariencia jamás la iba a decir descansar, ignorante a que si había posibilidad de volver a lucir humana, pero ella no tuvo interés en ello.
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