La lluvia golpeaba suavemente los ventanales del departamento mientras las luces moradas del neón de algún establecimiento cercano se colaban entre las sombras de la sala. El lugar tenía esa mezcla extraña de caos perfectamente organizado: velas aromáticas encendidas sobre la barra de la cocina, revistas de moda tiradas en el sofá, botas altas junto a la entrada y un tocadiscos viejo reproduciendo Panic Priest y Depeche Mode a volumen alto.
Lenore permanecía desparramada sobre el sillón, usando una camiseta enorme de alguna banda olvidada y medias largas negras. Su maquillaje impecable del día ya estaba medio borrado, dejando manchas oscuras bajo sus ojos que, honestamente, le daban todavía más personalidad.
Con una mascarilla capilar aplicada de forma exageradamente profesional, sostenía una taza de café mientras revisaba su celular.
—Si vuelvo a escuchar a una clienta decir “solo las puntas”, voy a perder la poca estabilidad mental que me queda… —murmuró dramáticamente antes de beber un sorbo.
Por el rabillo del ojo sintió un como un pequeño destello emanando del cráneo que cristal que adornaba la mesa de centro, reflejos de la luz neón que entraba desde afuera, justo cuando ella intentaba acomodarse lastimó su vista. La mujer soltó un quejido teatral.
—Ah, claro. Mi único compañero emocional llegó para juzgarme.
Después de unos segundos de silencio, la mujer se incorporó apenas para alcanzar una libreta llena de diseños y anotaciones. Entre dibujos de cortes de cabello y esquemas de tintes aparecían también pequeños garabatos absurdos: ataúdes con moños, tijeras con alas, telarañas con diamantes.
—Necesito otro color para otoño… algo devastador emocionalmente… como divorciada millonaria en castillo europeo-No.—Interrumpió la frase en seco, abrió los ojos sintiendo cómo un escalofrío le recorrió todo el cuerpo que le hizo esbozar una sonrisa retorcida.—¡Como viuda recién llegada al castillo de Vlad Tepes!
Tomó un lápiz y empezó a dibujar mientras balanceaba un pie al ritmo de la música.
Por primera vez en todo el día, el salón, los clientes, el ruido del exterior y el personaje extravagante que mostraba afuera parecían quedarse lejos. En la tranquilidad de su departamento, Lenore no necesitaba entretener a nadie. Solo existir entre luces tenues, café caliente y esa paz extraña que tienen las madrugadas lluviosas.
Lenore permanecía desparramada sobre el sillón, usando una camiseta enorme de alguna banda olvidada y medias largas negras. Su maquillaje impecable del día ya estaba medio borrado, dejando manchas oscuras bajo sus ojos que, honestamente, le daban todavía más personalidad.
Con una mascarilla capilar aplicada de forma exageradamente profesional, sostenía una taza de café mientras revisaba su celular.
—Si vuelvo a escuchar a una clienta decir “solo las puntas”, voy a perder la poca estabilidad mental que me queda… —murmuró dramáticamente antes de beber un sorbo.
Por el rabillo del ojo sintió un como un pequeño destello emanando del cráneo que cristal que adornaba la mesa de centro, reflejos de la luz neón que entraba desde afuera, justo cuando ella intentaba acomodarse lastimó su vista. La mujer soltó un quejido teatral.
—Ah, claro. Mi único compañero emocional llegó para juzgarme.
Después de unos segundos de silencio, la mujer se incorporó apenas para alcanzar una libreta llena de diseños y anotaciones. Entre dibujos de cortes de cabello y esquemas de tintes aparecían también pequeños garabatos absurdos: ataúdes con moños, tijeras con alas, telarañas con diamantes.
—Necesito otro color para otoño… algo devastador emocionalmente… como divorciada millonaria en castillo europeo-No.—Interrumpió la frase en seco, abrió los ojos sintiendo cómo un escalofrío le recorrió todo el cuerpo que le hizo esbozar una sonrisa retorcida.—¡Como viuda recién llegada al castillo de Vlad Tepes!
Tomó un lápiz y empezó a dibujar mientras balanceaba un pie al ritmo de la música.
Por primera vez en todo el día, el salón, los clientes, el ruido del exterior y el personaje extravagante que mostraba afuera parecían quedarse lejos. En la tranquilidad de su departamento, Lenore no necesitaba entretener a nadie. Solo existir entre luces tenues, café caliente y esa paz extraña que tienen las madrugadas lluviosas.
La lluvia golpeaba suavemente los ventanales del departamento mientras las luces moradas del neón de algún establecimiento cercano se colaban entre las sombras de la sala. El lugar tenía esa mezcla extraña de caos perfectamente organizado: velas aromáticas encendidas sobre la barra de la cocina, revistas de moda tiradas en el sofá, botas altas junto a la entrada y un tocadiscos viejo reproduciendo Panic Priest y Depeche Mode a volumen alto.
Lenore permanecía desparramada sobre el sillón, usando una camiseta enorme de alguna banda olvidada y medias largas negras. Su maquillaje impecable del día ya estaba medio borrado, dejando manchas oscuras bajo sus ojos que, honestamente, le daban todavía más personalidad.
Con una mascarilla capilar aplicada de forma exageradamente profesional, sostenía una taza de café mientras revisaba su celular.
—Si vuelvo a escuchar a una clienta decir “solo las puntas”, voy a perder la poca estabilidad mental que me queda… —murmuró dramáticamente antes de beber un sorbo.
Por el rabillo del ojo sintió un como un pequeño destello emanando del cráneo que cristal que adornaba la mesa de centro, reflejos de la luz neón que entraba desde afuera, justo cuando ella intentaba acomodarse lastimó su vista. La mujer soltó un quejido teatral.
—Ah, claro. Mi único compañero emocional llegó para juzgarme.
Después de unos segundos de silencio, la mujer se incorporó apenas para alcanzar una libreta llena de diseños y anotaciones. Entre dibujos de cortes de cabello y esquemas de tintes aparecían también pequeños garabatos absurdos: ataúdes con moños, tijeras con alas, telarañas con diamantes.
—Necesito otro color para otoño… algo devastador emocionalmente… como divorciada millonaria en castillo europeo-No.—Interrumpió la frase en seco, abrió los ojos sintiendo cómo un escalofrío le recorrió todo el cuerpo que le hizo esbozar una sonrisa retorcida.—¡Como viuda recién llegada al castillo de Vlad Tepes!
Tomó un lápiz y empezó a dibujar mientras balanceaba un pie al ritmo de la música.
Por primera vez en todo el día, el salón, los clientes, el ruido del exterior y el personaje extravagante que mostraba afuera parecían quedarse lejos. En la tranquilidad de su departamento, Lenore no necesitaba entretener a nadie. Solo existir entre luces tenues, café caliente y esa paz extraña que tienen las madrugadas lluviosas.