«Realmente quiero borrarle esa sonrisa de la cara a este hijo de perra».
Hay algo bueno de estar en el fondo. De nunca ser el favorito. De no ser de estos cabrones, niños bonitos, tuxedo de miles de yenes, cabello brillante y perfumado.
Y es que nadie espera nada de ti. Si pierdes, es sólo otro Martes. Si ganas... ah, pero si ganas, las puertas del mismísimo puto Infierno se abren.
Y los desgraciados como estos, cuyas sonrisas falsas les salen con mayor naturalidad que un "te quiero" a su jodida madre, lo saben. Saben que existe ese remotísimo, improbable, pero aterradoramente posible caso de que llegue una puta escoria como yo.
Un paria, un cabrón sin absolutamente nada qué perder. Y tras esas sonrisas plásticas y la confianza prefabricada, puedo verlo.
¿Es miedo lo que no te hará doblar esta apuesta?
Hay algo bueno de estar en el fondo. De nunca ser el favorito. De no ser de estos cabrones, niños bonitos, tuxedo de miles de yenes, cabello brillante y perfumado.
Y es que nadie espera nada de ti. Si pierdes, es sólo otro Martes. Si ganas... ah, pero si ganas, las puertas del mismísimo puto Infierno se abren.
Y los desgraciados como estos, cuyas sonrisas falsas les salen con mayor naturalidad que un "te quiero" a su jodida madre, lo saben. Saben que existe ese remotísimo, improbable, pero aterradoramente posible caso de que llegue una puta escoria como yo.
Un paria, un cabrón sin absolutamente nada qué perder. Y tras esas sonrisas plásticas y la confianza prefabricada, puedo verlo.
¿Es miedo lo que no te hará doblar esta apuesta?
«Realmente quiero borrarle esa sonrisa de la cara a este hijo de perra».
Hay algo bueno de estar en el fondo. De nunca ser el favorito. De no ser de estos cabrones, niños bonitos, tuxedo de miles de yenes, cabello brillante y perfumado.
Y es que nadie espera nada de ti. Si pierdes, es sólo otro Martes. Si ganas... ah, pero si ganas, las puertas del mismísimo puto Infierno se abren.
Y los desgraciados como estos, cuyas sonrisas falsas les salen con mayor naturalidad que un "te quiero" a su jodida madre, lo saben. Saben que existe ese remotísimo, improbable, pero aterradoramente posible caso de que llegue una puta escoria como yo.
Un paria, un cabrón sin absolutamente nada qué perder. Y tras esas sonrisas plásticas y la confianza prefabricada, puedo verlo.
¿Es miedo lo que no te hará doblar esta apuesta?