I. El Génesis y el Orden

El primer trono se alza. Hilo dorado y terciopelo oscuro visten a las estrellas como colgantes; el manto infinito se despliega como una prenda sin fin. No hay vacío a la vista. La luz cubre los pliegues del horizonte como las páginas de un libro de marfil, donde se lee la historia del comienzo.
En el océano de esas páginas, la mano del firmamento escribe con pluma de mármol. No existe la mancha ni el mal por venir; es la pureza de un paraíso inmaculado en estelas de oro. A sus pies, el mar es un espejo que refleja el atrio del cielo, dejando entrar la luz de un sol único que bosqueja limerencia.
Los pilares de mármol se elevan hasta perderse, sosteniendo el firmamento y tejiendo el día con la noche. En cada columna se ven las vidas pasar; la eternidad observa los párrafos escritos sin inmutarse. Entre ellos, la tela ondea al viento cargada de susurros: risas y llantos, ecos y estruendos de tiempos futuros. El tiempo no descansa. Mueve las manecillas en péndulos y campanas que hacen resonar lo eterno.

II. El Mecanismo de la Existencia
La Tierra descansa sobre un pedestal, hogar del trono y morada gentil en el cosmos. Todo se mueve en órbita, al compás de un ritmo que lo entrelaza todo. Cada nota y cada silencio se distribuyen en líneas paralelas: estelas de vibraciones que son versos por escribirse en hojas de seda.
Al caer la noche, los viejos fantasmas caminan sobre los montículos de arena. Cargan a sus espaldas estrellas antiguas, llevándolas hacia los herreros. Allí, en una hilera industrial de engranajes y válvulas de vapor, los martillos de ébano y oro golpean con fuerza. Una y otra vez. Hasta que cada estrella recupera su fuego y es liberada para retomar su lugar en el cielo.

III. La Entidad y el Escribano
La primera creación se dibuja en seda y piedra. Lleva una corona de oro y grandes alas cuyo plumaje son hojas de versos escritos en tinta negra y cursiva. Sin pies, se alza sobre el mar. Su reflejo ondea sobre la superficie creando el tiempo y el destino.
En su mano derecha, una esfera de tonos metálicos gira en un círculo sin fin: el mecanismo de la vida y la muerte. En la izquierda, sostiene el libro cuyas hojas se desprenden para volar hacia sus alas. Se escucha un canto profundo. Cada hoja que cae es un funeral, un final; cada hoja que se eleva es alegría y brio. Las esferas doradas resplandecen iridiscentes, dando la bienvenida a las nuevas almas.
A veces, la entidad deja su corona de lado. Toma un libro con ambas manos y vuelca toda su atención en una sola historia. El tiempo se vuelve efímero. El mar se concentra bajo ella en un solo punto, creando ondas perfectas. Cruza las piernas, eleva la espalda y lee bajo una luz tenue y reconfortante. Al terminar, parpadea y vuelve a su postura original, dejando esa historia única en el misterio del mito.
Ella interviene. Su pluma crea pequeñas desviaciones: un ligero tropiezo, un desliz en las palabras, un cambio imperceptible que desvía el destino. Es un alto determinismo que no busca confrontar el libre albedrío, sino evitar que el alma caiga en desgracia. Acto y consecuencia. Un puente entre el día y la noche. Al final, ella decide si ser escriba o solo observadora; después de todo, la historia de cada quien se vive en el sentir, y nada está escrito del todo.

IV. La Disonancia y el Silencio
Pasa el tiempo. El andar sigue, pero el cambio es necesario. Lo que fue puro ahora tiene manchas y cicatrices. Las canciones caen de tono y el cosmos se dilata hasta que los compases chocan entre sí. Se pierde el tempo. Se pierde el ritmo.
Aparece la disonancia.
Las historias se manchan y se disuelven en la nada. Una pena etérea hace que los minutos pesen. Las estrellas, en indigna indiferencia, se distancian tanto que la entidad apenas puede verlas. El polvo se hace evidente. La tela que la cubre se desgarra y sus alas se marchitan como ramas de un árbol viejo. El mar devora las hojas sin perdón, hundiéndolas en el olvido.
El brillo se esfuma. De la entidad solo queda el esqueleto, un cuerpo inerte que alguna vez habitó la existencia. Queda suspendida en el aire, pero ya no hay canciones. Solo una tenue penumbra y cenizas flotando en el vacío.

Silencio absoluto. No hay más nada.

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¡Habibti! ^^
Me gustaría tener tu opinión de esto que escribi. Shukran shukran jazialian!

¡Muchísimas gracias!
I. El Génesis y el Orden El primer trono se alza. Hilo dorado y terciopelo oscuro visten a las estrellas como colgantes; el manto infinito se despliega como una prenda sin fin. No hay vacío a la vista. La luz cubre los pliegues del horizonte como las páginas de un libro de marfil, donde se lee la historia del comienzo. En el océano de esas páginas, la mano del firmamento escribe con pluma de mármol. No existe la mancha ni el mal por venir; es la pureza de un paraíso inmaculado en estelas de oro. A sus pies, el mar es un espejo que refleja el atrio del cielo, dejando entrar la luz de un sol único que bosqueja limerencia. Los pilares de mármol se elevan hasta perderse, sosteniendo el firmamento y tejiendo el día con la noche. En cada columna se ven las vidas pasar; la eternidad observa los párrafos escritos sin inmutarse. Entre ellos, la tela ondea al viento cargada de susurros: risas y llantos, ecos y estruendos de tiempos futuros. El tiempo no descansa. Mueve las manecillas en péndulos y campanas que hacen resonar lo eterno. II. El Mecanismo de la Existencia La Tierra descansa sobre un pedestal, hogar del trono y morada gentil en el cosmos. Todo se mueve en órbita, al compás de un ritmo que lo entrelaza todo. Cada nota y cada silencio se distribuyen en líneas paralelas: estelas de vibraciones que son versos por escribirse en hojas de seda. Al caer la noche, los viejos fantasmas caminan sobre los montículos de arena. Cargan a sus espaldas estrellas antiguas, llevándolas hacia los herreros. Allí, en una hilera industrial de engranajes y válvulas de vapor, los martillos de ébano y oro golpean con fuerza. Una y otra vez. Hasta que cada estrella recupera su fuego y es liberada para retomar su lugar en el cielo. III. La Entidad y el Escribano La primera creación se dibuja en seda y piedra. Lleva una corona de oro y grandes alas cuyo plumaje son hojas de versos escritos en tinta negra y cursiva. Sin pies, se alza sobre el mar. Su reflejo ondea sobre la superficie creando el tiempo y el destino. En su mano derecha, una esfera de tonos metálicos gira en un círculo sin fin: el mecanismo de la vida y la muerte. En la izquierda, sostiene el libro cuyas hojas se desprenden para volar hacia sus alas. Se escucha un canto profundo. Cada hoja que cae es un funeral, un final; cada hoja que se eleva es alegría y brio. Las esferas doradas resplandecen iridiscentes, dando la bienvenida a las nuevas almas. A veces, la entidad deja su corona de lado. Toma un libro con ambas manos y vuelca toda su atención en una sola historia. El tiempo se vuelve efímero. El mar se concentra bajo ella en un solo punto, creando ondas perfectas. Cruza las piernas, eleva la espalda y lee bajo una luz tenue y reconfortante. Al terminar, parpadea y vuelve a su postura original, dejando esa historia única en el misterio del mito. Ella interviene. Su pluma crea pequeñas desviaciones: un ligero tropiezo, un desliz en las palabras, un cambio imperceptible que desvía el destino. Es un alto determinismo que no busca confrontar el libre albedrío, sino evitar que el alma caiga en desgracia. Acto y consecuencia. Un puente entre el día y la noche. Al final, ella decide si ser escriba o solo observadora; después de todo, la historia de cada quien se vive en el sentir, y nada está escrito del todo. IV. La Disonancia y el Silencio Pasa el tiempo. El andar sigue, pero el cambio es necesario. Lo que fue puro ahora tiene manchas y cicatrices. Las canciones caen de tono y el cosmos se dilata hasta que los compases chocan entre sí. Se pierde el tempo. Se pierde el ritmo. Aparece la disonancia. Las historias se manchan y se disuelven en la nada. Una pena etérea hace que los minutos pesen. Las estrellas, en indigna indiferencia, se distancian tanto que la entidad apenas puede verlas. El polvo se hace evidente. La tela que la cubre se desgarra y sus alas se marchitan como ramas de un árbol viejo. El mar devora las hojas sin perdón, hundiéndolas en el olvido. El brillo se esfuma. De la entidad solo queda el esqueleto, un cuerpo inerte que alguna vez habitó la existencia. Queda suspendida en el aire, pero ya no hay canciones. Solo una tenue penumbra y cenizas flotando en el vacío. Silencio absoluto. No hay más nada. [Lenore_Graves13] ¡Habibti! ^^ Me gustaría tener tu opinión de esto que escribi. Shukran shukran jazialian! ¡Muchísimas gracias! :STK-8: :STK-9:
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