Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
Esto se ha publicado como Out Of Character.
Tenlo en cuenta al responder.
El callejón, bañado por la luz mortecina de los letreros de neón, apestaba a ozono y sangre fresca. Maral Romanov no se detuvo a observar los cuerpos esparcidos a sus pies; para ella, no eran más que basura que había bloqueado su camino durante demasiado tiempo. Habían cometido el error fatal de creer que, por ser mujer, podían subestimar su ambición. Intentaron manipular los envíos de la Bratva, pensando que ella era una pieza que podían mover a su antojo en el tablero de la ciudad. Jugaron con su tiempo, y en el mundo de Maral, el tiempo era el único recurso que no se podía recuperar, y por lo tanto, el más caro.
Ella caminaba con una elegancia gélida, el peso de la katana aún vibrando ligeramente en su mano. Una gota de sangre se deslizó desde la hoja hasta su mejilla, marcando su rostro como una cicatriz de guerra que lucía con orgullo. La facción rival había enviado a sus mejores hombres, creyendo que una advertencia sería suficiente para doblegarla.
Maral se detuvo bajo la luz amarillenta de una lámpara parpadeante. No tenía miedo, ni remordimientos. Nunca pedía permiso, y jamás pedía perdón. Si querían jugar sucio, ella se aseguraría de que el juego terminara con ellos. Guardó la katana con un chasquido metálico y ajustó su guante táctico, dejando atrás el silencio de los muertos. La ciudad era suya, y acababa de enviar un mensaje que nadie se atrevería a ignorar.
Ella caminaba con una elegancia gélida, el peso de la katana aún vibrando ligeramente en su mano. Una gota de sangre se deslizó desde la hoja hasta su mejilla, marcando su rostro como una cicatriz de guerra que lucía con orgullo. La facción rival había enviado a sus mejores hombres, creyendo que una advertencia sería suficiente para doblegarla.
Maral se detuvo bajo la luz amarillenta de una lámpara parpadeante. No tenía miedo, ni remordimientos. Nunca pedía permiso, y jamás pedía perdón. Si querían jugar sucio, ella se aseguraría de que el juego terminara con ellos. Guardó la katana con un chasquido metálico y ajustó su guante táctico, dejando atrás el silencio de los muertos. La ciudad era suya, y acababa de enviar un mensaje que nadie se atrevería a ignorar.
El callejón, bañado por la luz mortecina de los letreros de neón, apestaba a ozono y sangre fresca. Maral Romanov no se detuvo a observar los cuerpos esparcidos a sus pies; para ella, no eran más que basura que había bloqueado su camino durante demasiado tiempo. Habían cometido el error fatal de creer que, por ser mujer, podían subestimar su ambición. Intentaron manipular los envíos de la Bratva, pensando que ella era una pieza que podían mover a su antojo en el tablero de la ciudad. Jugaron con su tiempo, y en el mundo de Maral, el tiempo era el único recurso que no se podía recuperar, y por lo tanto, el más caro.
Ella caminaba con una elegancia gélida, el peso de la katana aún vibrando ligeramente en su mano. Una gota de sangre se deslizó desde la hoja hasta su mejilla, marcando su rostro como una cicatriz de guerra que lucía con orgullo. La facción rival había enviado a sus mejores hombres, creyendo que una advertencia sería suficiente para doblegarla.
Maral se detuvo bajo la luz amarillenta de una lámpara parpadeante. No tenía miedo, ni remordimientos. Nunca pedía permiso, y jamás pedía perdón. Si querían jugar sucio, ella se aseguraría de que el juego terminara con ellos. Guardó la katana con un chasquido metálico y ajustó su guante táctico, dejando atrás el silencio de los muertos. La ciudad era suya, y acababa de enviar un mensaje que nadie se atrevería a ignorar.