El despacho de los Romano estaba en silencio cuando Ariella entró.
Su padre no levantó la mirada de inmediato. Estaba revisando unos documentos, apoyado ligeramente sobre el escritorio, con esa calma que siempre lo caracterizaba. No hacía falta preguntar para saber que ya estaba al tanto de lo ocurrido fuera de la gala.
Ariella cerró la puerta a su espalda sin hacer ruido y avanzó un par de pasos hacia el interior. —Los húngaros no han venido a negociar —dijo finalmente, con la voz baja y firme. — Han venido a marcar territorio.
Su padre dejó el documento sobre la mesa con lentitud, como si aquello no le sorprendiera en absoluto.
—Lo sé.
Ariella sostuvo su mirada unos segundos. No había tensión en su postura, pero sí una claridad absoluta en lo que iba a decir.
—Entonces sabes que esto no va a quedarse en un incidente aislado.
Se acercó lo suficiente como para apoyar ligeramente la mano sobre el respaldo de una de las sillas, manteniendo esa distancia que siempre respetaba.
—No están midiendo fuerzas con una sola familia —continuó—. Están evaluando hasta dónde pueden avanzar sin que nadie responda de forma coordinada.
Su padre no respondió de inmediato. La observaba, y Ariella no desvió la mirada.
—Si respondemos por separado, nos acorralan —añadió con calma. — Y eso es exactamente lo que buscan. Los Calatrava están en la misma posición que nosotros. Les guste o no. No es una cuestión de confianza, es una cuestión de equilibrio y de control.
Se incorporó apenas, dejando el respaldo de la silla.
—Una alianza no implica debilidad. Implica que nadie más pueda permitirse probar hasta dónde llegamos. Si actuamos juntos, el mensaje es claro. Si no lo hacemos… les damos margen.
Su padre no levantó la mirada de inmediato. Estaba revisando unos documentos, apoyado ligeramente sobre el escritorio, con esa calma que siempre lo caracterizaba. No hacía falta preguntar para saber que ya estaba al tanto de lo ocurrido fuera de la gala.
Ariella cerró la puerta a su espalda sin hacer ruido y avanzó un par de pasos hacia el interior. —Los húngaros no han venido a negociar —dijo finalmente, con la voz baja y firme. — Han venido a marcar territorio.
Su padre dejó el documento sobre la mesa con lentitud, como si aquello no le sorprendiera en absoluto.
—Lo sé.
Ariella sostuvo su mirada unos segundos. No había tensión en su postura, pero sí una claridad absoluta en lo que iba a decir.
—Entonces sabes que esto no va a quedarse en un incidente aislado.
Se acercó lo suficiente como para apoyar ligeramente la mano sobre el respaldo de una de las sillas, manteniendo esa distancia que siempre respetaba.
—No están midiendo fuerzas con una sola familia —continuó—. Están evaluando hasta dónde pueden avanzar sin que nadie responda de forma coordinada.
Su padre no respondió de inmediato. La observaba, y Ariella no desvió la mirada.
—Si respondemos por separado, nos acorralan —añadió con calma. — Y eso es exactamente lo que buscan. Los Calatrava están en la misma posición que nosotros. Les guste o no. No es una cuestión de confianza, es una cuestión de equilibrio y de control.
Se incorporó apenas, dejando el respaldo de la silla.
—Una alianza no implica debilidad. Implica que nadie más pueda permitirse probar hasta dónde llegamos. Si actuamos juntos, el mensaje es claro. Si no lo hacemos… les damos margen.
El despacho de los Romano estaba en silencio cuando Ariella entró.
Su padre no levantó la mirada de inmediato. Estaba revisando unos documentos, apoyado ligeramente sobre el escritorio, con esa calma que siempre lo caracterizaba. No hacía falta preguntar para saber que ya estaba al tanto de lo ocurrido fuera de la gala.
Ariella cerró la puerta a su espalda sin hacer ruido y avanzó un par de pasos hacia el interior. —Los húngaros no han venido a negociar —dijo finalmente, con la voz baja y firme. — Han venido a marcar territorio.
Su padre dejó el documento sobre la mesa con lentitud, como si aquello no le sorprendiera en absoluto.
—Lo sé.
Ariella sostuvo su mirada unos segundos. No había tensión en su postura, pero sí una claridad absoluta en lo que iba a decir.
—Entonces sabes que esto no va a quedarse en un incidente aislado.
Se acercó lo suficiente como para apoyar ligeramente la mano sobre el respaldo de una de las sillas, manteniendo esa distancia que siempre respetaba.
—No están midiendo fuerzas con una sola familia —continuó—. Están evaluando hasta dónde pueden avanzar sin que nadie responda de forma coordinada.
Su padre no respondió de inmediato. La observaba, y Ariella no desvió la mirada.
—Si respondemos por separado, nos acorralan —añadió con calma. — Y eso es exactamente lo que buscan. Los Calatrava están en la misma posición que nosotros. Les guste o no. No es una cuestión de confianza, es una cuestión de equilibrio y de control.
Se incorporó apenas, dejando el respaldo de la silla.
—Una alianza no implica debilidad. Implica que nadie más pueda permitirse probar hasta dónde llegamos. Si actuamos juntos, el mensaje es claro. Si no lo hacemos… les damos margen.
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