— Cuando la Luna roja ha de caer y con su brillo queme los disfraces de la humanidad, es entonces donde la carne se unirá y finalmente volverá 饾拏饾拻饾挅饾拞饾拲饾拲饾拹 que reina desde el plano que va más allá de la vida y la muerte, infinito e inexistencia. Así es como debe ser y la balanza juzgará trayendo tributo.

La jueza predica su misa mensual con una voz espectral, perteneciente a otro mundo. Un fantasma que ha maldecido al mundo con su predencia blasfema, belleza que castiga y que entrega muerte.

Los fieles envueltos por mantos que cubren sus cuerpos observan a la mujer en el altar con un sollozo atorado en la garganta, conmovidos por la destreza que demuestra al ir despellejando al tributo de la velada: una cabeza cercenada descansando en un plato dorado, con los ojos en blanco y la boca abierta mientras Aelianna con su garra clava la uña en la mejilla y desprende la piel.

— La luna de sangre abrazará el infinito, y todos seremos uno. Por ello, hoy celebremos y comeremos la carne, orando para que un día volvamos a donde todo comenzó.

Termino de jalar la tira y extendiendo la mano la dejo caer sobre una copa que palpita, viva al ser no de oro pero de carne roja, una entidad viva que gruñe por lo bajo.

— Y volveremos, juntos.

— Cuando la Luna roja ha de caer y con su brillo queme los disfraces de la humanidad, es entonces donde la carne se unirá y finalmente volverá 饾拏饾拻饾挅饾拞饾拲饾拲饾拹 que reina desde el plano que va más allá de la vida y la muerte, infinito e inexistencia. Así es como debe ser y la balanza juzgará trayendo tributo. La jueza predica su misa mensual con una voz espectral, perteneciente a otro mundo. Un fantasma que ha maldecido al mundo con su predencia blasfema, belleza que castiga y que entrega muerte. Los fieles envueltos por mantos que cubren sus cuerpos observan a la mujer en el altar con un sollozo atorado en la garganta, conmovidos por la destreza que demuestra al ir despellejando al tributo de la velada: una cabeza cercenada descansando en un plato dorado, con los ojos en blanco y la boca abierta mientras Aelianna con su garra clava la uña en la mejilla y desprende la piel. — La luna de sangre abrazará el infinito, y todos seremos uno. Por ello, hoy celebremos y comeremos la carne, orando para que un día volvamos a donde todo comenzó. Termino de jalar la tira y extendiendo la mano la dejo caer sobre una copa que palpita, viva al ser no de oro pero de carne roja, una entidad viva que gruñe por lo bajo. — Y volveremos, juntos.
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