El arroz aún tibio cede bajo sus manos mientras le da forma, con esa precisión tranquila que no necesita pensarse. No le vanta la vista, solo sigue el movimiento al envolver la pieza entre sus manos.
—Ya lo ves... —murmura—, la vida es así —ajusta los bordes del onigiri, gira el triángulo, como si la canción marcara el ritmo—. Tú te vas... —continúa en automático— y yo me quedo aquí.
Envuelve el alga con cuidado, sellándolo sin apuro. —Lloverá, y ya no seré tuya —añade, bajando un poco la voz—. Seré la gata, bajo la lluvia.
El arroz aún tibio cede bajo sus manos mientras le da forma, con esa precisión tranquila que no necesita pensarse. No le vanta la vista, solo sigue el movimiento al envolver la pieza entre sus manos.
—Ya lo ves... —murmura—, la vida es así —ajusta los bordes del onigiri, gira el triángulo, como si la canción marcara el ritmo—. Tú te vas... —continúa en automático— y yo me quedo aquí.
Envuelve el alga con cuidado, sellándolo sin apuro. —Lloverá, y ya no seré tuya —añade, bajando un poco la voz—. Seré la gata, bajo la lluvia.