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Ella inspira incluso en el Silencio.

En este tributo de maravillas, perdura una conquista;
Ya consciente, la más amada;

el terreno de mi corazón aún no ha sido tocado; por un beso tuyo;
pero si la tarde que sangra; como un reflejo de mí mismo.

Oh, me recreo en mí mismo para hallarte tan vestida;
como una emperatriz de las estrellas;
pero sin corona; más que con el grácil de tu sonrisa;
tu matiz insalvable;
ese que ha iluminado el aclarado de mis noches;
en la que las que la Luna;
me susurra promesas y candores ante un propio e inmortal amor.
Que no comprendo.

En el cosmos hemos sido uno;
manos con manos;
cuerpos entrelazados en la distancia;
en los que se gobiernan la crisma de tus labios; sobre mí;
Aunque no conozco el roce más que el de tus cabellos;
sobre el génesis de mis mejillas.
Mis rosas; mis más amargos sueños;
quedan resquebrajados desde que existes en mis sueños;

Ah, no existen suficientes confesiones;
ante este cielo que sangra por tí;
Y en el que he añorado el tributo de una majestad;
en las que perdura tu rostro.
Oh, sagradas son las cascadas de heraldos de invierno;
que se derrite;
en las que he imaginado amarte;

Oh, como lo que debí medir y desmedir;
Y ya no importa;
mi propio eco, ese que proviene de la euforia;
Más allá de marchar en la lontananza.
de tanto en tanto se quebranta;
En este; el amparo de una mañana que no llega.

Pero tú; doncella de ébano y marfil;
de sidéreo amar consagrado;
me revistes con tus caricias;
que como una;
me vi raptar de tus mejillas;
en el instante que te amé;
sin conocerte.

Un silencio que habla;
tan solo por y para mí.

--- Ella inspira incluso en el Silencio. En este tributo de maravillas, perdura una conquista; Ya consciente, la más amada; el terreno de mi corazón aún no ha sido tocado; por un beso tuyo; pero si la tarde que sangra; como un reflejo de mí mismo. Oh, me recreo en mí mismo para hallarte tan vestida; como una emperatriz de las estrellas; pero sin corona; más que con el grácil de tu sonrisa; tu matiz insalvable; ese que ha iluminado el aclarado de mis noches; en la que las que la Luna; me susurra promesas y candores ante un propio e inmortal amor. Que no comprendo. En el cosmos hemos sido uno; manos con manos; cuerpos entrelazados en la distancia; en los que se gobiernan la crisma de tus labios; sobre mí; Aunque no conozco el roce más que el de tus cabellos; sobre el génesis de mis mejillas. Mis rosas; mis más amargos sueños; quedan resquebrajados desde que existes en mis sueños; Ah, no existen suficientes confesiones; ante este cielo que sangra por tí; Y en el que he añorado el tributo de una majestad; en las que perdura tu rostro. Oh, sagradas son las cascadas de heraldos de invierno; que se derrite; en las que he imaginado amarte; Oh, como lo que debí medir y desmedir; Y ya no importa; mi propio eco, ese que proviene de la euforia; Más allá de marchar en la lontananza. de tanto en tanto se quebranta; En este; el amparo de una mañana que no llega. Pero tú; doncella de ébano y marfil; de sidéreo amar consagrado; me revistes con tus caricias; que como una; me vi raptar de tus mejillas; en el instante que te amé; sin conocerte. Un silencio que habla; tan solo por y para mí.
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