𝑨𝒔𝒕𝒐𝒓𝒆𝒕𝒉
El atardecer dorado envolvía el paramo cuando Siegmeyer y 𝑨𝒔𝒕𝒐𝒓𝒆𝒕𝒉 llegaron al borde del campo de rosas. El trayecto desde el viejo bosque había sido corto y tranquilo, apenas una hora caminando entre colinas suaves.
El caballero se detuvo, clavó su gran espada en la tierra blanda y contempló el vasto mar de flores rojas que ondulaban con el viento. El color intenso de las rosas era casi idéntico al del cabello pelirrojo de Astoreth. Entonces se giró hacia ella.
—Cuando vi su cabello por primera vez, recorde este lugar. Lo había visto hace unos días, pero no me detuve a contemplarlo.
Se sentó con cuidado entre las flores, el metal de su armadura crujiendo suavemente.
—Un paisaje impresionante... ¿Verdad?, aunque ustedes podrían verlo desde arriba, sería aún más impresionante.
Hizo una pausa, mientras imaginaba un dragón volando.
—Entonces... ¿Me hablaras un poco de los dragones…? Claro, si quieres. Nunca había conocido a uno que caminara entre los hombres, como ya te había dicho.
Sus ojos, visibles bajo el yelmo, reflejaban interés tranquilo y sincero, sin prisa ni presión.
El atardecer dorado envolvía el paramo cuando Siegmeyer y 𝑨𝒔𝒕𝒐𝒓𝒆𝒕𝒉 llegaron al borde del campo de rosas. El trayecto desde el viejo bosque había sido corto y tranquilo, apenas una hora caminando entre colinas suaves.
El caballero se detuvo, clavó su gran espada en la tierra blanda y contempló el vasto mar de flores rojas que ondulaban con el viento. El color intenso de las rosas era casi idéntico al del cabello pelirrojo de Astoreth. Entonces se giró hacia ella.
—Cuando vi su cabello por primera vez, recorde este lugar. Lo había visto hace unos días, pero no me detuve a contemplarlo.
Se sentó con cuidado entre las flores, el metal de su armadura crujiendo suavemente.
—Un paisaje impresionante... ¿Verdad?, aunque ustedes podrían verlo desde arriba, sería aún más impresionante.
Hizo una pausa, mientras imaginaba un dragón volando.
—Entonces... ¿Me hablaras un poco de los dragones…? Claro, si quieres. Nunca había conocido a uno que caminara entre los hombres, como ya te había dicho.
Sus ojos, visibles bajo el yelmo, reflejaban interés tranquilo y sincero, sin prisa ni presión.
[astoreth04]
El atardecer dorado envolvía el paramo cuando Siegmeyer y [astoreth04] llegaron al borde del campo de rosas. El trayecto desde el viejo bosque había sido corto y tranquilo, apenas una hora caminando entre colinas suaves.
El caballero se detuvo, clavó su gran espada en la tierra blanda y contempló el vasto mar de flores rojas que ondulaban con el viento. El color intenso de las rosas era casi idéntico al del cabello pelirrojo de Astoreth. Entonces se giró hacia ella.
—Cuando vi su cabello por primera vez, recorde este lugar. Lo había visto hace unos días, pero no me detuve a contemplarlo.
Se sentó con cuidado entre las flores, el metal de su armadura crujiendo suavemente.
—Un paisaje impresionante... ¿Verdad?, aunque ustedes podrían verlo desde arriba, sería aún más impresionante.
Hizo una pausa, mientras imaginaba un dragón volando.
—Entonces... ¿Me hablaras un poco de los dragones…? Claro, si quieres. Nunca había conocido a uno que caminara entre los hombres, como ya te había dicho.
Sus ojos, visibles bajo el yelmo, reflejaban interés tranquilo y sincero, sin prisa ni presión.