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Y la muerte dejó marcas en mi cuerpo;
en ese mi claroscuro;
Y yo que era apenas párvulo, tenía de caballero no más que el ropaje que en esos ayeres portaba;
augusta angustia;
de ciénaga lustrosa;
Sobre mí la vi danzar como un hada; una bruja; una artista;
Ella era mi dama; mi luciérnaga de los deseos;
Y me vi tensar en su tiempo merecido, ella muy a la espera de todos mis susurros;
anheló y depositó un gesto sobre mi frente;
Y mi ser se vio sumergido entre puentes y ventanas; que no callaban, que no cerraban sus lienzos,
Si no que en cambio se lanzaban al frenesí del sentir.
Y entonces conocí sus secretos: que ella ya soñaba conmigo.
Mucho antes de yo nacer;
Un clérigo; un caballero;
Oh, ella tan rara, tan amante, tan demente;
ella como un río de ideas que no tienen nombre;
Más que merecer ser del ser amado.
Más que el corromper el de lo resquebrajado con la añoranza de una Luna;
ya mecida por vientos; por rebeldía inquieta; pura.
Ella tan muda al despertar y yo tan liviano al yacer el duermevela.
Oh, tan raro Amor.
Tan de llanto esclarecido;
Soy tan ciego; Señor, yo éste ser de tan indóciles pactos;
Tendí en mi catre sus ilusiones;
yo entre la justicia que derramó sobre mí; el candor de una sonrisa que vivía por y para mí;
me vi si acaso en la misma gloria alucinada; en la que ella me habría buscado;
Y yo sería la sombra de ese ser amado que entre sus rascacielos de pasión inevitable;
Como un suspiro que llega tarde;
Sería la tersa mañana en que la busqué;
Y ella me envolvió entre sus brazos y me hizo el amor;
como una doncella de tan frágil templar;
Oh, ella tan inocente;
Como un rosa de la tarde; esa mi cruz más dulce,
bríndame un poco de tus atavíos serenos;
Y has de este ciego tu más cándido amorío.
Como un sueño que el angelado fantasma;
en el que me convertí por su existir;
Oh, tan caprichoso es el amor; que tiñe de estatuas; sus diseños del errar de los sueños:
como un llanto de regadíos mansos;
Y al despertar me despojé de sus heridas;
y vagué mucho en el tiempo en que los árboles fueron acérrimos dueños; de la Tierra.
A la muerte más no la vi; quizá vivía en mí como de un sino;
Entonces armé un rosal; y encendí las lámparas del cielo;
para que pudiera encontrarme;
si acaso se habría alejado de mí;
no lo sabía; estaba desnudo en ese reino de belleza;
con el rigor mortis en los labios; y el calor que le habría entregado; como un inocente muchacho;
Ya sin fuerzas;
Ah, pero aún mi memoria cimbra entre sus hálitos y sus hábitos tan de sinuosa diligencia;
Entre toda reverencia;
Mi soberana amante;
pero en mí; la inmortalidad de sus suspiros.
Y la muerte dejó marcas en mi cuerpo;
en ese mi claroscuro;
Y yo que era apenas párvulo, tenía de caballero no más que el ropaje que en esos ayeres portaba;
augusta angustia;
de ciénaga lustrosa;
Sobre mí la vi danzar como un hada; una bruja; una artista;
Ella era mi dama; mi luciérnaga de los deseos;
Y me vi tensar en su tiempo merecido, ella muy a la espera de todos mis susurros;
anheló y depositó un gesto sobre mi frente;
Y mi ser se vio sumergido entre puentes y ventanas; que no callaban, que no cerraban sus lienzos,
Si no que en cambio se lanzaban al frenesí del sentir.
Y entonces conocí sus secretos: que ella ya soñaba conmigo.
Mucho antes de yo nacer;
Un clérigo; un caballero;
Oh, ella tan rara, tan amante, tan demente;
ella como un río de ideas que no tienen nombre;
Más que merecer ser del ser amado.
Más que el corromper el de lo resquebrajado con la añoranza de una Luna;
ya mecida por vientos; por rebeldía inquieta; pura.
Ella tan muda al despertar y yo tan liviano al yacer el duermevela.
Oh, tan raro Amor.
Tan de llanto esclarecido;
Soy tan ciego; Señor, yo éste ser de tan indóciles pactos;
Tendí en mi catre sus ilusiones;
yo entre la justicia que derramó sobre mí; el candor de una sonrisa que vivía por y para mí;
me vi si acaso en la misma gloria alucinada; en la que ella me habría buscado;
Y yo sería la sombra de ese ser amado que entre sus rascacielos de pasión inevitable;
Como un suspiro que llega tarde;
Sería la tersa mañana en que la busqué;
Y ella me envolvió entre sus brazos y me hizo el amor;
como una doncella de tan frágil templar;
Oh, ella tan inocente;
Como un rosa de la tarde; esa mi cruz más dulce,
bríndame un poco de tus atavíos serenos;
Y has de este ciego tu más cándido amorío.
Como un sueño que el angelado fantasma;
en el que me convertí por su existir;
Oh, tan caprichoso es el amor; que tiñe de estatuas; sus diseños del errar de los sueños:
como un llanto de regadíos mansos;
Y al despertar me despojé de sus heridas;
y vagué mucho en el tiempo en que los árboles fueron acérrimos dueños; de la Tierra.
A la muerte más no la vi; quizá vivía en mí como de un sino;
Entonces armé un rosal; y encendí las lámparas del cielo;
para que pudiera encontrarme;
si acaso se habría alejado de mí;
no lo sabía; estaba desnudo en ese reino de belleza;
con el rigor mortis en los labios; y el calor que le habría entregado; como un inocente muchacho;
Ya sin fuerzas;
Ah, pero aún mi memoria cimbra entre sus hálitos y sus hábitos tan de sinuosa diligencia;
Entre toda reverencia;
Mi soberana amante;
pero en mí; la inmortalidad de sus suspiros.
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Y la muerte dejó marcas en mi cuerpo;
en ese mi claroscuro;
Y yo que era apenas párvulo, tenía de caballero no más que el ropaje que en esos ayeres portaba;
augusta angustia;
de ciénaga lustrosa;
Sobre mí la vi danzar como un hada; una bruja; una artista;
Ella era mi dama; mi luciérnaga de los deseos;
Y me vi tensar en su tiempo merecido, ella muy a la espera de todos mis susurros;
anheló y depositó un gesto sobre mi frente;
Y mi ser se vio sumergido entre puentes y ventanas; que no callaban, que no cerraban sus lienzos,
Si no que en cambio se lanzaban al frenesí del sentir.
Y entonces conocí sus secretos: que ella ya soñaba conmigo.
Mucho antes de yo nacer;
Un clérigo; un caballero;
Oh, ella tan rara, tan amante, tan demente;
ella como un río de ideas que no tienen nombre;
Más que merecer ser del ser amado.
Más que el corromper el de lo resquebrajado con la añoranza de una Luna;
ya mecida por vientos; por rebeldía inquieta; pura.
Ella tan muda al despertar y yo tan liviano al yacer el duermevela.
Oh, tan raro Amor.
Tan de llanto esclarecido;
Soy tan ciego; Señor, yo éste ser de tan indóciles pactos;
Tendí en mi catre sus ilusiones;
yo entre la justicia que derramó sobre mí; el candor de una sonrisa que vivía por y para mí;
me vi si acaso en la misma gloria alucinada; en la que ella me habría buscado;
Y yo sería la sombra de ese ser amado que entre sus rascacielos de pasión inevitable;
Como un suspiro que llega tarde;
Sería la tersa mañana en que la busqué;
Y ella me envolvió entre sus brazos y me hizo el amor;
como una doncella de tan frágil templar;
Oh, ella tan inocente;
Como un rosa de la tarde; esa mi cruz más dulce,
bríndame un poco de tus atavíos serenos;
Y has de este ciego tu más cándido amorío.
Como un sueño que el angelado fantasma;
en el que me convertí por su existir;
Oh, tan caprichoso es el amor; que tiñe de estatuas; sus diseños del errar de los sueños:
como un llanto de regadíos mansos;
Y al despertar me despojé de sus heridas;
y vagué mucho en el tiempo en que los árboles fueron acérrimos dueños; de la Tierra.
A la muerte más no la vi; quizá vivía en mí como de un sino;
Entonces armé un rosal; y encendí las lámparas del cielo;
para que pudiera encontrarme;
si acaso se habría alejado de mí;
no lo sabía; estaba desnudo en ese reino de belleza;
con el rigor mortis en los labios; y el calor que le habría entregado; como un inocente muchacho;
Ya sin fuerzas;
Ah, pero aún mi memoria cimbra entre sus hálitos y sus hábitos tan de sinuosa diligencia;
Entre toda reverencia;
Mi soberana amante;
pero en mí; la inmortalidad de sus suspiros.