La voz de su padre no solía perder el tiempo en saludos innecesarios, mucho menos en explicaciones por teléfono.

El aula estaba en silencio, apenas roto por el sonido de hojas pasando y el sonido del bolígrafo al apuntar algo concreto. Ariella cerró su cuaderno con calma, viendo el nombre aparecer en la pantalla de su móvil en una llamada: 𝙋𝘼𝘿𝙍𝙀

—Estoy en la universidad.

—Lo sé. Ven al despacho —respondió firme, sin dejar opción a otra cosa.

Hubo una pausa breve, un par de segundos llenos de silencio.

—Ahora.

Ariella no respondió de inmediato. Su mirada se deslizó hacia la ventana un instante, como si midiera algo más allá de lo evidente.

—Salgo en diez minutos.

Colgó.

No recogió sus cosas con urgencia. Simplemente se levantó, ajustó su chaqueta y abandonó el aula con la misma compostura con la que había entrado, acomodando su bolso con sus cosas sobre su hombro.

Sabía que su padre no la llamaba sin motivo. Y que nunca repetía dos veces la misma instrucción.
La voz de su padre no solía perder el tiempo en saludos innecesarios, mucho menos en explicaciones por teléfono. El aula estaba en silencio, apenas roto por el sonido de hojas pasando y el sonido del bolígrafo al apuntar algo concreto. Ariella cerró su cuaderno con calma, viendo el nombre aparecer en la pantalla de su móvil en una llamada: 𝙋𝘼𝘿𝙍𝙀 —Estoy en la universidad. —Lo sé. Ven al despacho —respondió firme, sin dejar opción a otra cosa. Hubo una pausa breve, un par de segundos llenos de silencio. —Ahora. Ariella no respondió de inmediato. Su mirada se deslizó hacia la ventana un instante, como si midiera algo más allá de lo evidente. —Salgo en diez minutos. Colgó. No recogió sus cosas con urgencia. Simplemente se levantó, ajustó su chaqueta y abandonó el aula con la misma compostura con la que había entrado, acomodando su bolso con sus cosas sobre su hombro. Sabía que su padre no la llamaba sin motivo. Y que nunca repetía dos veces la misma instrucción.
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