El sendero apareció donde antes solo había bosque.

Las raíces de los árboles se apartaban lentamente bajo mis pasos, como si reconocieran algo en mí… o en nosotras. La noche estaba extrañamente silenciosa, sin grillos, sin viento… solo el leve crujir de hojas húmedas bajo nuestros pies.

Y tu mano.

Tu mano cálida entrelazada con la mía.

—No la sueltes… —murmuré en voz baja, sin mirarte aún—. Pase lo que pase al otro lado… no la sueltes, lobita.

Fue entonces cuando las vimos.

Una a una…
las linternas comenzaron a encenderse a lo largo del sendero, flotando en el aire sin cadenas ni postes, como pequeñas lunas cautivas que despertaban a nuestro paso.

El aroma llegó después.

Dulce… cálido… imposible de ignorar.
Como comida recién hecha en un lugar que no debería existir.

El bosque terminó de golpe.

Frente a nosotras se alzaba un puente rojo antiguo, largo y silencioso, suspendido sobre un río negro que no reflejaba ni estrellas ni luna. Al otro lado… un santuario imposible respiraba vida.

Sombras moviéndose entre faroles.
Criaturas que reían en voz baja.
Vapor elevándose desde edificios antiguos de madera.

Un mundo que no era el nuestro.

Apreté un poco más tu mano.

—Ryu… —susurré ahora, girando apenas el rostro hacia ti—… creo que acabamos de perdernos.

Una sonrisa pequeña, nerviosa… pero curiosa.

—Y creo que me alegro de no haberme perdido sola.

Di el primer paso hacia el puente.

La madera crujió bajo mi peso… y durante un instante, el aire se volvió pesado, antiguo… como si el propio lugar nos estuviera observando.

—Ven… lobita —susurré, tirando suavemente de tu mano—. Vamos a ver qué nos está esperando al otro lado.
El sendero apareció donde antes solo había bosque. Las raíces de los árboles se apartaban lentamente bajo mis pasos, como si reconocieran algo en mí… o en nosotras. La noche estaba extrañamente silenciosa, sin grillos, sin viento… solo el leve crujir de hojas húmedas bajo nuestros pies. Y tu mano. Tu mano cálida entrelazada con la mía. —No la sueltes… —murmuré en voz baja, sin mirarte aún—. Pase lo que pase al otro lado… no la sueltes, lobita. Fue entonces cuando las vimos. Una a una… las linternas comenzaron a encenderse a lo largo del sendero, flotando en el aire sin cadenas ni postes, como pequeñas lunas cautivas que despertaban a nuestro paso. El aroma llegó después. Dulce… cálido… imposible de ignorar. Como comida recién hecha en un lugar que no debería existir. El bosque terminó de golpe. Frente a nosotras se alzaba un puente rojo antiguo, largo y silencioso, suspendido sobre un río negro que no reflejaba ni estrellas ni luna. Al otro lado… un santuario imposible respiraba vida. Sombras moviéndose entre faroles. Criaturas que reían en voz baja. Vapor elevándose desde edificios antiguos de madera. Un mundo que no era el nuestro. Apreté un poco más tu mano. —Ryu… —susurré ahora, girando apenas el rostro hacia ti—… creo que acabamos de perdernos. Una sonrisa pequeña, nerviosa… pero curiosa. —Y creo que me alegro de no haberme perdido sola. Di el primer paso hacia el puente. La madera crujió bajo mi peso… y durante un instante, el aire se volvió pesado, antiguo… como si el propio lugar nos estuviera observando. —Ven… lobita —susurré, tirando suavemente de tu mano—. Vamos a ver qué nos está esperando al otro lado.
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