Ocurrió en un instante, en medio del bosque a altas horas de la noche en las afueras de la aldea de Iwagakure. — Fue tu culpa. — Su voz era tan baja como un susurro, habló para sí mismo observando el cadáver en sus pies, fresco. Le habían arrancado la garganta con las manos desnudas, no dejaba de chorrear sangre. La vista era muy bizarra, pero para un hombre vacío, sin emociones, solo era un día más, se había acostumbrado a hacer cosas horribles.

El asesino tenía la mirada perdida, ojos sin vida, arrugas debajo de los párpados por incontables noches de insomnio. Su inexistente expresión lo dice todo, está harto de matar, pero es la única forma en la que puede ganarse la vida. Desde que era un niño lo único que se le ha enseñado son técnicas de asesinato. En todo su cuerpo habían rastros de sangre seca, de sus víctimas, no, sus objetivos. La sangre nunca era suya, nadie lo había visto sangrar.

Con la misma fria mirada que lo caracteriza usó su mano para cortar la cabeza del cadáver, la misma pasó con facilidad por la carne como si fuera un cuchillo cortando mantequilla. Después la agarró de las greñas junto al resto, no era el primer asesinato del día. Ahora tenía que reportarse con el jefe de la aldea, había cumplido su misión exitosamente, quería recibir su paga lo antes posible.

Observó el cuerpo inerte una última vez como si lo estuviera grabando en su memoria. — Me obligaste a hacerlo. — Susurró usando su mano libre para taparse el rostro con la máscara que era una extensión de su ropa, dejando solamente sus ojos descubiertos. — Intentaste matarme, así que tuve que matarte. — Habló más alto, otra muerte más a la larga lista de vidas que ha arrebatado, con las que tiene que cargar en su memoria.
Ocurrió en un instante, en medio del bosque a altas horas de la noche en las afueras de la aldea de Iwagakure. — Fue tu culpa. — Su voz era tan baja como un susurro, habló para sí mismo observando el cadáver en sus pies, fresco. Le habían arrancado la garganta con las manos desnudas, no dejaba de chorrear sangre. La vista era muy bizarra, pero para un hombre vacío, sin emociones, solo era un día más, se había acostumbrado a hacer cosas horribles. El asesino tenía la mirada perdida, ojos sin vida, arrugas debajo de los párpados por incontables noches de insomnio. Su inexistente expresión lo dice todo, está harto de matar, pero es la única forma en la que puede ganarse la vida. Desde que era un niño lo único que se le ha enseñado son técnicas de asesinato. En todo su cuerpo habían rastros de sangre seca, de sus víctimas, no, sus objetivos. La sangre nunca era suya, nadie lo había visto sangrar. Con la misma fria mirada que lo caracteriza usó su mano para cortar la cabeza del cadáver, la misma pasó con facilidad por la carne como si fuera un cuchillo cortando mantequilla. Después la agarró de las greñas junto al resto, no era el primer asesinato del día. Ahora tenía que reportarse con el jefe de la aldea, había cumplido su misión exitosamente, quería recibir su paga lo antes posible. Observó el cuerpo inerte una última vez como si lo estuviera grabando en su memoria. — Me obligaste a hacerlo. — Susurró usando su mano libre para taparse el rostro con la máscara que era una extensión de su ropa, dejando solamente sus ojos descubiertos. — Intentaste matarme, así que tuve que matarte. — Habló más alto, otra muerte más a la larga lista de vidas que ha arrebatado, con las que tiene que cargar en su memoria.
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