#SeductiveSunday
Kugisaki había borrado por completo de su mente la compra de aquel líquido de dudosa procedencia. Su noble (y cuestionable) sacrificio para evitar que cayera en malas manos quedó en el olvido hasta que, al limpiar la vitrina, un torpe descuido provocó que el frasco se volcara y se estrellara justo sobre ella. Más allá del latigazo de dolor por el impacto en su frente, la tragedia real era textil.
—¡Maldita sea...! ¡Me costó carísima y la compré ayer! —se quejó amargamente, intentando despegarse la tela mojada de la piel.
Poco a poco, su cuerpo empezó a sentirse extrañamente sensible y cálido. Un rubor anormal se apoderó de sus mejillas, aunque en su mente obstinada, juró que esa temperatura asfixiante era solo la rabia hirviendo en su sangre.
Kugisaki había borrado por completo de su mente la compra de aquel líquido de dudosa procedencia. Su noble (y cuestionable) sacrificio para evitar que cayera en malas manos quedó en el olvido hasta que, al limpiar la vitrina, un torpe descuido provocó que el frasco se volcara y se estrellara justo sobre ella. Más allá del latigazo de dolor por el impacto en su frente, la tragedia real era textil.
—¡Maldita sea...! ¡Me costó carísima y la compré ayer! —se quejó amargamente, intentando despegarse la tela mojada de la piel.
Poco a poco, su cuerpo empezó a sentirse extrañamente sensible y cálido. Un rubor anormal se apoderó de sus mejillas, aunque en su mente obstinada, juró que esa temperatura asfixiante era solo la rabia hirviendo en su sangre.
#SeductiveSunday
Kugisaki había borrado por completo de su mente la compra de aquel líquido de dudosa procedencia. Su noble (y cuestionable) sacrificio para evitar que cayera en malas manos quedó en el olvido hasta que, al limpiar la vitrina, un torpe descuido provocó que el frasco se volcara y se estrellara justo sobre ella. Más allá del latigazo de dolor por el impacto en su frente, la tragedia real era textil.
—¡Maldita sea...! ¡Me costó carísima y la compré ayer! —se quejó amargamente, intentando despegarse la tela mojada de la piel.
Poco a poco, su cuerpo empezó a sentirse extrañamente sensible y cálido. Un rubor anormal se apoderó de sus mejillas, aunque en su mente obstinada, juró que esa temperatura asfixiante era solo la rabia hirviendo en su sangre.