Nobara jamás lo admitiría en voz alta. Si alguien le preguntara directamente, diría que lidiar a diario con un hechicero sombrío que no sabe sonreír y un recipiente descerebrado con pésimo gusto es su mayor castigo divino. Se quejaría de que arruinan su estética, de que la arrastran a lugares asquerosos y de que tienen la terrible y constante costumbre de arriesgar sus vidas sin pensar.
Sin embargo, Itadori y Fushiguro no solo son sus compañeros de misión; son sus idiotas. Y aunque siempre amenace con golpearlos y dejarlos en bancarrota, la realidad es que haría pedazos a cualquiera que se atreviera a ponerles un dedo encima. Son la única familia disfuncional por la que ella, sin dudarlo un solo segundo, entregaría su propia vida con una sonrisa arrogante en el rostro.
Nobara jamás lo admitiría en voz alta. Si alguien le preguntara directamente, diría que lidiar a diario con un hechicero sombrío que no sabe sonreír y un recipiente descerebrado con pésimo gusto es su mayor castigo divino. Se quejaría de que arruinan su estética, de que la arrastran a lugares asquerosos y de que tienen la terrible y constante costumbre de arriesgar sus vidas sin pensar. Sin embargo, Itadori y Fushiguro no solo son sus compañeros de misión; son sus idiotas. Y aunque siempre amenace con golpearlos y dejarlos en bancarrota, la realidad es que haría pedazos a cualquiera que se atreviera a ponerles un dedo encima. Son la única familia disfuncional por la que ella, sin dudarlo un solo segundo, entregaría su propia vida con una sonrisa arrogante en el rostro.
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