Despertó con pesadez, la luz azul de la pantalla cortó la penumbra del dormitorio. Sin sentarse aún, estiró un brazo y tomó el dispositivo, el brillo le dolió en las pupilas de unos ojos aún somnolientos

​Remitente: Desconocido (Protocolo Sigma)

Mensaje: 𝘌𝘳𝘳𝘰𝘳 𝘦𝘯 𝘭𝘢 𝘴𝘶𝘣𝘢𝘴𝘵𝘢 𝘥𝘦 𝘎𝘪𝘯𝘦𝘣𝘳𝘢. 𝘓𝘰𝘵𝘦 𝟦𝟤. 𝘕𝘦𝘤𝘦𝘴𝘪𝘵𝘢𝘮𝘰𝘴 𝟣𝟧 𝘮𝘪𝘯𝘶𝘵𝘰𝘴 𝘥𝘦 𝘮𝘢𝘳𝘨𝘦𝘯. 𝘗𝘳𝘦𝘴𝘶𝘱𝘶𝘦𝘴𝘵𝘰 𝘢𝘣𝘪𝘦𝘳𝘵𝘰. 𝘙𝘦𝘴𝘱𝘰𝘯𝘥𝘦 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘤𝘰𝘰𝘳𝘥𝘦𝘯𝘢𝘥𝘢𝘴 𝘥𝘦 𝘴𝘢𝘭𝘵𝘰

​Irina dejó caer el teléfono a un lado y suspiró, mirando el techo oscuro.

La élite no dormía.
Los hombres y mujeres que controlaban los mercados, las guerras y los linajes solo veían el tiempo como una variable de ajuste, una mercancía que ella podía manipular a voluntad.

​Se incorporó lentamente, sentándose sobre la cama con el análisis silencioso que siempre llegaba con el primer mensaje del día, el cansancio crónico, la soledad de ser un fantasma cronológico y la interrupción constante de su propia vida.

​~Ese es el precio~ pensó, frotándose el rostro con las manos.
​No eran los dólares en las cuentas suizas ni los favores de los poderosos lo que definía su existencia, sino ese zumbido en la madrugada. Su vida no le pertenecía del todo porque el tiempo, para ella, nunca era lineal, sino un contrato siempre abierto.

​Desbloqueó el teléfono y, con los dedos todavía torpes por el sueño, escribió una sola palabra.

──​Acepto.
Despertó con pesadez, la luz azul de la pantalla cortó la penumbra del dormitorio. Sin sentarse aún, estiró un brazo y tomó el dispositivo, el brillo le dolió en las pupilas de unos ojos aún somnolientos ​Remitente: Desconocido (Protocolo Sigma) Mensaje: 𝘌𝘳𝘳𝘰𝘳 𝘦𝘯 𝘭𝘢 𝘴𝘶𝘣𝘢𝘴𝘵𝘢 𝘥𝘦 𝘎𝘪𝘯𝘦𝘣𝘳𝘢. 𝘓𝘰𝘵𝘦 𝟦𝟤. 𝘕𝘦𝘤𝘦𝘴𝘪𝘵𝘢𝘮𝘰𝘴 𝟣𝟧 𝘮𝘪𝘯𝘶𝘵𝘰𝘴 𝘥𝘦 𝘮𝘢𝘳𝘨𝘦𝘯. 𝘗𝘳𝘦𝘴𝘶𝘱𝘶𝘦𝘴𝘵𝘰 𝘢𝘣𝘪𝘦𝘳𝘵𝘰. 𝘙𝘦𝘴𝘱𝘰𝘯𝘥𝘦 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘤𝘰𝘰𝘳𝘥𝘦𝘯𝘢𝘥𝘢𝘴 𝘥𝘦 𝘴𝘢𝘭𝘵𝘰 ​Irina dejó caer el teléfono a un lado y suspiró, mirando el techo oscuro. La élite no dormía. Los hombres y mujeres que controlaban los mercados, las guerras y los linajes solo veían el tiempo como una variable de ajuste, una mercancía que ella podía manipular a voluntad. ​Se incorporó lentamente, sentándose sobre la cama con el análisis silencioso que siempre llegaba con el primer mensaje del día, el cansancio crónico, la soledad de ser un fantasma cronológico y la interrupción constante de su propia vida. ​~Ese es el precio~ pensó, frotándose el rostro con las manos. ​No eran los dólares en las cuentas suizas ni los favores de los poderosos lo que definía su existencia, sino ese zumbido en la madrugada. Su vida no le pertenecía del todo porque el tiempo, para ella, nunca era lineal, sino un contrato siempre abierto. ​Desbloqueó el teléfono y, con los dedos todavía torpes por el sueño, escribió una sola palabra. ──​Acepto.
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