La pelirroja entró en sus aposentos privados tras una mañana agotadora. Al acercarse a su escritorio, notó algo que no debería estar ahí, un bentō de madera oscura, envuelto con delicadeza en una tela.
Con manos temblorosas, desató el nudo. Dentro, perfectamente dispuestos, se encontraban varios onigiris. Las bolas de arroz, blancas y puras, estaban decoradas con pequeñas tiras de alga y rellenos que ella nunca había visto. Junto a ellos, un pequeño papel contenía una caligrafía elegante y firme.
La soberana se sentó lentamente, dejando que la nota descansara sobre su regazo. Tomó uno de los onigiris, sintiendo la textura firme pero suave. Al morderlo, sus ojos se cerraron por instinto.
Era una preparación completamente distinta a la cocina robusta y salada del Brattvåg. Poseía un sabor sutil, equilibrado y lleno de matices que nunca antes había experimentado. Pero más allá del gusto, era la intención lo que la sobrepasó.
Kazuo antes de irse se había tomado el tiempo de cocinar para ella, una forma de estar presente aún cuando estaba a leguas de distancia.
Una sonrisa melancólica apareció en su rostro mientras masticaba con lentitud, saboreando cada pedazo como si fuera un tesoro. En ese momento, Elizabeth descubrió que desde ahora se había convertido en su plato favorito.
Con manos temblorosas, desató el nudo. Dentro, perfectamente dispuestos, se encontraban varios onigiris. Las bolas de arroz, blancas y puras, estaban decoradas con pequeñas tiras de alga y rellenos que ella nunca había visto. Junto a ellos, un pequeño papel contenía una caligrafía elegante y firme.
La soberana se sentó lentamente, dejando que la nota descansara sobre su regazo. Tomó uno de los onigiris, sintiendo la textura firme pero suave. Al morderlo, sus ojos se cerraron por instinto.
Era una preparación completamente distinta a la cocina robusta y salada del Brattvåg. Poseía un sabor sutil, equilibrado y lleno de matices que nunca antes había experimentado. Pero más allá del gusto, era la intención lo que la sobrepasó.
Kazuo antes de irse se había tomado el tiempo de cocinar para ella, una forma de estar presente aún cuando estaba a leguas de distancia.
Una sonrisa melancólica apareció en su rostro mientras masticaba con lentitud, saboreando cada pedazo como si fuera un tesoro. En ese momento, Elizabeth descubrió que desde ahora se había convertido en su plato favorito.
La pelirroja entró en sus aposentos privados tras una mañana agotadora. Al acercarse a su escritorio, notó algo que no debería estar ahí, un bentō de madera oscura, envuelto con delicadeza en una tela.
Con manos temblorosas, desató el nudo. Dentro, perfectamente dispuestos, se encontraban varios onigiris. Las bolas de arroz, blancas y puras, estaban decoradas con pequeñas tiras de alga y rellenos que ella nunca había visto. Junto a ellos, un pequeño papel contenía una caligrafía elegante y firme.
La soberana se sentó lentamente, dejando que la nota descansara sobre su regazo. Tomó uno de los onigiris, sintiendo la textura firme pero suave. Al morderlo, sus ojos se cerraron por instinto.
Era una preparación completamente distinta a la cocina robusta y salada del Brattvåg. Poseía un sabor sutil, equilibrado y lleno de matices que nunca antes había experimentado. Pero más allá del gusto, era la intención lo que la sobrepasó.
[8KazuoAihara8] antes de irse se había tomado el tiempo de cocinar para ella, una forma de estar presente aún cuando estaba a leguas de distancia.
Una sonrisa melancólica apareció en su rostro mientras masticaba con lentitud, saboreando cada pedazo como si fuera un tesoro. En ese momento, Elizabeth descubrió que desde ahora se había convertido en su plato favorito.