El tintinear suave de una cucharilla contra la cerámica fue, por un momento, el sonido más importante del mundo, el placer más grande que podía experimentar. Masthian apoyó el codo sobre la barra, girando distraídamente una taza entre sus dedos, hasta dejarla perfectamente alineada con el patrón del platito. La cafetería respiraba en calma: un par de mesas ocupadas, murmullos bajos, nada caótico aún, a diferencia de cómo eran las mañanas.
—Ojalá siempre fuera época de exámenes… —murmuró para sí, escondiéndose detrás de la vitrina con pastelitos, observando de reojo a las muchachas que estudiaban frente a la barra, unas cuantas mesas más allá.
Disfrutaba la vista, disfrutaba el pasar de aquellas chicas sin más preocupaciones que las notas de clase, las fiestas sabatinas y algún que otro romance. No eran menores a él, de hecho estaba seguro que la mayoría serían unos cuantos años por los menos más grandes, pero ahí estaba él con una cafetería propia recién abierta y todo el tiempo del mundo para sacar más de un número telefónico de alguna que otra universitaria.
La campanilla de la puerta sonó y Masthian solo tuvó que ver de reojo para reconocer la caballera negra. No sabía cómo se llamaba, pero sus ojos serían inconfundibles. Una sonrisa le cruzó el rostro y en automático estiró la mano para poner la taza en la cafetera.
— ¿Esta vez si vas a aceptar la sugerencia de la casa o te sirvo lo mismo? —
—Ojalá siempre fuera época de exámenes… —murmuró para sí, escondiéndose detrás de la vitrina con pastelitos, observando de reojo a las muchachas que estudiaban frente a la barra, unas cuantas mesas más allá.
Disfrutaba la vista, disfrutaba el pasar de aquellas chicas sin más preocupaciones que las notas de clase, las fiestas sabatinas y algún que otro romance. No eran menores a él, de hecho estaba seguro que la mayoría serían unos cuantos años por los menos más grandes, pero ahí estaba él con una cafetería propia recién abierta y todo el tiempo del mundo para sacar más de un número telefónico de alguna que otra universitaria.
La campanilla de la puerta sonó y Masthian solo tuvó que ver de reojo para reconocer la caballera negra. No sabía cómo se llamaba, pero sus ojos serían inconfundibles. Una sonrisa le cruzó el rostro y en automático estiró la mano para poner la taza en la cafetera.
— ¿Esta vez si vas a aceptar la sugerencia de la casa o te sirvo lo mismo? —
El tintinear suave de una cucharilla contra la cerámica fue, por un momento, el sonido más importante del mundo, el placer más grande que podía experimentar. Masthian apoyó el codo sobre la barra, girando distraídamente una taza entre sus dedos, hasta dejarla perfectamente alineada con el patrón del platito. La cafetería respiraba en calma: un par de mesas ocupadas, murmullos bajos, nada caótico aún, a diferencia de cómo eran las mañanas.
—Ojalá siempre fuera época de exámenes… —murmuró para sí, escondiéndose detrás de la vitrina con pastelitos, observando de reojo a las muchachas que estudiaban frente a la barra, unas cuantas mesas más allá.
Disfrutaba la vista, disfrutaba el pasar de aquellas chicas sin más preocupaciones que las notas de clase, las fiestas sabatinas y algún que otro romance. No eran menores a él, de hecho estaba seguro que la mayoría serían unos cuantos años por los menos más grandes, pero ahí estaba él con una cafetería propia recién abierta y todo el tiempo del mundo para sacar más de un número telefónico de alguna que otra universitaria.
La campanilla de la puerta sonó y Masthian solo tuvó que ver de reojo para reconocer la caballera negra. No sabía cómo se llamaba, pero sus ojos serían inconfundibles. Una sonrisa le cruzó el rostro y en automático estiró la mano para poner la taza en la cafetera.
— ¿Esta vez si vas a aceptar la sugerencia de la casa o te sirvo lo mismo? —