El sol de la tarde iluminaba las calles empedradas de Ratisbona. El peliceleste caminaba con una sonrisa satisfecha, cargando bajo el brazo varios grimorios antiguos que acababa de adquirir. El olor a cuero viejo y tinta aún se pegaba a las tapas.
Sus ojos turquesa se fijaron en la figura cercana y su expresión se volvió más cálida.

—Eh, tú —saludó con voz amigable, ajustando los libros con cuidado

—. No te había visto por aquí. ¿Viajero nuevo?

Se acercó un par de pasos, los grimorios pesando ligeramente contra su costado.
El sol de la tarde iluminaba las calles empedradas de Ratisbona. El peliceleste caminaba con una sonrisa satisfecha, cargando bajo el brazo varios grimorios antiguos que acababa de adquirir. El olor a cuero viejo y tinta aún se pegaba a las tapas. Sus ojos turquesa se fijaron en la figura cercana y su expresión se volvió más cálida. —Eh, tú —saludó con voz amigable, ajustando los libros con cuidado —. No te había visto por aquí. ¿Viajero nuevo? Se acercó un par de pasos, los grimorios pesando ligeramente contra su costado.
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