Himmel se detuvo en lo alto de la colina, con el viento cargado de ceniza revolviendo su capa blanca. Desde allí, la imagen era devastadora: un pueblo entero reducido a ruinas. Techos de paja y madera quemados, muros derrumbados, columnas de humo negro que aún se elevaban hacia el cielo gris como heridas abiertas.

Abajo, en las calles estrechas cubiertas de escombros, unas pocas figuras caminaban lentamente entre los restos de lo que alguna vez fueron hogares. No se acercó. Solo observó en silencio, con el ceño ligeramente fruncido y una tristeza profunda en los ojos.

— …Otra vez — murmuró con voz baja, casi tragada por el viento.

Apretó con fuerza la empuñadura de su espada, sintiendo el peso familiar del acero. Los demonios que habían hecho esto no eran simples monstruos. Eran devoradores de pueblos enteros: consumían vidas, esperanzas y todo lo que las personas construían con esfuerzo y amor.
Himmel se detuvo en lo alto de la colina, con el viento cargado de ceniza revolviendo su capa blanca. Desde allí, la imagen era devastadora: un pueblo entero reducido a ruinas. Techos de paja y madera quemados, muros derrumbados, columnas de humo negro que aún se elevaban hacia el cielo gris como heridas abiertas. Abajo, en las calles estrechas cubiertas de escombros, unas pocas figuras caminaban lentamente entre los restos de lo que alguna vez fueron hogares. No se acercó. Solo observó en silencio, con el ceño ligeramente fruncido y una tristeza profunda en los ojos. — …Otra vez — murmuró con voz baja, casi tragada por el viento. Apretó con fuerza la empuñadura de su espada, sintiendo el peso familiar del acero. Los demonios que habían hecho esto no eran simples monstruos. Eran devoradores de pueblos enteros: consumían vidas, esperanzas y todo lo que las personas construían con esfuerzo y amor.
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