Hail, dice la bruja. Los cuerpos se encuentran descansando, suavemente tendidos entre las raíces como si meramente durmieran, la tétrica ciudad del silencio ausente de roca.
Hail, responde el espíritu. Sentado a la vera de un tronco caído, disfrutando de manera extraña el susurro constante de una estaca removiendo tierra. Una pequeña montaña de musgo a la derecha, un balde de leche recién ordeñada frente a él.
— No es necesario. —
La declaración los tomó a ambos por sorpresa, aun el peso haciendo eco en el aire como si esperara que en algún momento alguno tuviera la decencia de reclamarlo, pero no fue así. Simplemente, los encerró una vez más en sus pensamientos, ¿Estaban en ese momento de un encuentro casual? ¿Era eso realmente una elección o simplemente eran dos esclavos de la inercia? El estómago de uno rugía mientras la mirada del otro se apesadumbraba, curiosa danza que giraba eternamente cambiando de huésped según el momento del día.
La luz escaseaba, llamando al olvido, y lo más cercano a un abrazo cálido que tuvo en un largo tiempo aconteció solamente por el proceso de descomposición. La muchacha tendía frente a ella, aun con pigmentos sobre la piel y el hedor ligero de lo desagradable debajo de la resina de pino que usó para asegurar su trenzado. Cómplice como solo los cadáveres pueden serlo, el espantoso encuentro del frío en las extremidades contra la sombra de la vida pasada en el vientre… Morir encinta, dos veces muerte.
El primer búho anunció el inicio de la penumbra, y la cubeta vacía, caía hacia un lado, iniciaba el festín del bosque.
No hubo palabras de despedida, siquiera un leve reconocimiento como para determinarse entre ellos, individuos. La bruja caminó de espaldas hasta salir del umbral dibujado en la tierra y recién ahí llegó a girarse como si realmente no hubiera nadie allí. El demonio seguiría en su espacio, siempre paciente, de que los animales tomen la parte legitima que les corresponde, después de todo, no es carroña sin la saliva de alguien más.
Hail, responde el espíritu. Sentado a la vera de un tronco caído, disfrutando de manera extraña el susurro constante de una estaca removiendo tierra. Una pequeña montaña de musgo a la derecha, un balde de leche recién ordeñada frente a él.
— No es necesario. —
La declaración los tomó a ambos por sorpresa, aun el peso haciendo eco en el aire como si esperara que en algún momento alguno tuviera la decencia de reclamarlo, pero no fue así. Simplemente, los encerró una vez más en sus pensamientos, ¿Estaban en ese momento de un encuentro casual? ¿Era eso realmente una elección o simplemente eran dos esclavos de la inercia? El estómago de uno rugía mientras la mirada del otro se apesadumbraba, curiosa danza que giraba eternamente cambiando de huésped según el momento del día.
La luz escaseaba, llamando al olvido, y lo más cercano a un abrazo cálido que tuvo en un largo tiempo aconteció solamente por el proceso de descomposición. La muchacha tendía frente a ella, aun con pigmentos sobre la piel y el hedor ligero de lo desagradable debajo de la resina de pino que usó para asegurar su trenzado. Cómplice como solo los cadáveres pueden serlo, el espantoso encuentro del frío en las extremidades contra la sombra de la vida pasada en el vientre… Morir encinta, dos veces muerte.
El primer búho anunció el inicio de la penumbra, y la cubeta vacía, caía hacia un lado, iniciaba el festín del bosque.
No hubo palabras de despedida, siquiera un leve reconocimiento como para determinarse entre ellos, individuos. La bruja caminó de espaldas hasta salir del umbral dibujado en la tierra y recién ahí llegó a girarse como si realmente no hubiera nadie allí. El demonio seguiría en su espacio, siempre paciente, de que los animales tomen la parte legitima que les corresponde, después de todo, no es carroña sin la saliva de alguien más.
Hail, dice la bruja. Los cuerpos se encuentran descansando, suavemente tendidos entre las raíces como si meramente durmieran, la tétrica ciudad del silencio ausente de roca.
Hail, responde el espíritu. Sentado a la vera de un tronco caído, disfrutando de manera extraña el susurro constante de una estaca removiendo tierra. Una pequeña montaña de musgo a la derecha, un balde de leche recién ordeñada frente a él.
— No es necesario. —
La declaración los tomó a ambos por sorpresa, aun el peso haciendo eco en el aire como si esperara que en algún momento alguno tuviera la decencia de reclamarlo, pero no fue así. Simplemente, los encerró una vez más en sus pensamientos, ¿Estaban en ese momento de un encuentro casual? ¿Era eso realmente una elección o simplemente eran dos esclavos de la inercia? El estómago de uno rugía mientras la mirada del otro se apesadumbraba, curiosa danza que giraba eternamente cambiando de huésped según el momento del día.
La luz escaseaba, llamando al olvido, y lo más cercano a un abrazo cálido que tuvo en un largo tiempo aconteció solamente por el proceso de descomposición. La muchacha tendía frente a ella, aun con pigmentos sobre la piel y el hedor ligero de lo desagradable debajo de la resina de pino que usó para asegurar su trenzado. Cómplice como solo los cadáveres pueden serlo, el espantoso encuentro del frío en las extremidades contra la sombra de la vida pasada en el vientre… Morir encinta, dos veces muerte.
El primer búho anunció el inicio de la penumbra, y la cubeta vacía, caía hacia un lado, iniciaba el festín del bosque.
No hubo palabras de despedida, siquiera un leve reconocimiento como para determinarse entre ellos, individuos. La bruja caminó de espaldas hasta salir del umbral dibujado en la tierra y recién ahí llegó a girarse como si realmente no hubiera nadie allí. El demonio seguiría en su espacio, siempre paciente, de que los animales tomen la parte legitima que les corresponde, después de todo, no es carroña sin la saliva de alguien más.