Maki se quedó frente al espejo más tiempo del que habría querido admitir. No fue vanidad lo que la detuvo, sino algo más incómodo, más profundo. Sus ojos recorrieron su reflejo con una insistencia casi obsesiva.

Había cambiado. No era una sospecha, ni una idea pasajera. Era un hecho que le oprimía el pecho.

Nunca le importó demasiado su apariencia. Era algo secundario, irrelevante… casi invisible. Pero ahora no podía escapar de ello. Ahora su propia imagen parecía reclamar espacio, exigir ser vista, ser juzgada. Y lo peor no era eso… lo peor era imaginar las miradas ajenas, reconstruirlas en su mente, sentirlas recorrerla incluso cuando estaba sola.

¿Eso era lo que veían? ¿Eso era en lo que se había convertido?
La incomodidad se le instaló bajo la piel, punzante, persistente. Quiso apartar la mirada, pero algo en ella la obligó a quedarse un segundo más, como si castigarse con esa visión fuera necesario.

Soltó el aire de golpe. Sus dedos se enredaron en su cabello, acomodándolo con una brusquedad contenida, casi frustrada. Un gesto inútil.

Entonces se apartó.

Dejó atrás el espejo, pero no logró dejar atrás la sensación de que, de alguna forma, esa versión suya seguía observándola.
Maki se quedó frente al espejo más tiempo del que habría querido admitir. No fue vanidad lo que la detuvo, sino algo más incómodo, más profundo. Sus ojos recorrieron su reflejo con una insistencia casi obsesiva. Había cambiado. No era una sospecha, ni una idea pasajera. Era un hecho que le oprimía el pecho. Nunca le importó demasiado su apariencia. Era algo secundario, irrelevante… casi invisible. Pero ahora no podía escapar de ello. Ahora su propia imagen parecía reclamar espacio, exigir ser vista, ser juzgada. Y lo peor no era eso… lo peor era imaginar las miradas ajenas, reconstruirlas en su mente, sentirlas recorrerla incluso cuando estaba sola. ¿Eso era lo que veían? ¿Eso era en lo que se había convertido? La incomodidad se le instaló bajo la piel, punzante, persistente. Quiso apartar la mirada, pero algo en ella la obligó a quedarse un segundo más, como si castigarse con esa visión fuera necesario. Soltó el aire de golpe. Sus dedos se enredaron en su cabello, acomodándolo con una brusquedad contenida, casi frustrada. Un gesto inútil. Entonces se apartó. Dejó atrás el espejo, pero no logró dejar atrás la sensación de que, de alguna forma, esa versión suya seguía observándola.
Me gusta
Me entristece
6
0 turnos 0 maullidos
Patrocinados
Patrocinados