El aire en el Tribunal es frío, no de ese frío que refresca, sino de ese que busca congelar la voluntad. Me obligan a estar de rodillas, pero mis alas ya fueron arrancadas y la que me permitieron conserva yace manchada por el hollín de la desobediencia y el peso de la verdad.
→ Hoy es un día especial.
Hoy es el día de la continuación de mi juicio.
Estoy tan acostumbrado a ello, que me vuelvan a gritonear por no acatar las reglas, por haber matado cuando se me ordenó no castigar al culpable.
Levanto la vista hacia el resplandor cegador de mis antiguos hermanos. Me miran con una mezcla de lástima y asco, como si yo fuera una mancha de barro en su altar de mármol. "Fe", dicen ellos. "Obediencia", exigen las trompetas.
Pero mi fe murió el día que me pusieron una espada en la mano y me señalaron el cuello de un hombre justo, mientras el asesino recibía una túnica blanca por su "arrepentimiento de último minuto".
—¿Todavía no lo entienden? —
Mi voz resuena, áspera, rompiendo la armonía del coro celestial
Se enojan conmigo solo por decir aquello, pues en mi corazón no hay culpa ni arrepentimiento. Me piden que lamente haber hecho justicia, me piden que pida perdón por limpiar el mundo de una podredumbre que ustedes llaman "misericordia".
Me acusan de haber caído, pero yo siento que finalmente he aterrizado sobre la tierra firme. No pasé la prueba y me tiene sin cuidado.
Prefiero quemarme en el abismo por haber protegido la inocencia, que sentarme en un trono de oro sabiendo que mi lealtad se compró con el silencio de las víctimas.
Que empiecen los gritos, que dicten la sentencia final; mi ala ya no sirve para volar hacia ellos, y la verdad es que, desde aquí abajo, el cielo no se ve tan limpio como dicen.
→ Hoy es un día especial.
Hoy es el día de la continuación de mi juicio.
Estoy tan acostumbrado a ello, que me vuelvan a gritonear por no acatar las reglas, por haber matado cuando se me ordenó no castigar al culpable.
Levanto la vista hacia el resplandor cegador de mis antiguos hermanos. Me miran con una mezcla de lástima y asco, como si yo fuera una mancha de barro en su altar de mármol. "Fe", dicen ellos. "Obediencia", exigen las trompetas.
Pero mi fe murió el día que me pusieron una espada en la mano y me señalaron el cuello de un hombre justo, mientras el asesino recibía una túnica blanca por su "arrepentimiento de último minuto".
—¿Todavía no lo entienden? —
Mi voz resuena, áspera, rompiendo la armonía del coro celestial
Se enojan conmigo solo por decir aquello, pues en mi corazón no hay culpa ni arrepentimiento. Me piden que lamente haber hecho justicia, me piden que pida perdón por limpiar el mundo de una podredumbre que ustedes llaman "misericordia".
Me acusan de haber caído, pero yo siento que finalmente he aterrizado sobre la tierra firme. No pasé la prueba y me tiene sin cuidado.
Prefiero quemarme en el abismo por haber protegido la inocencia, que sentarme en un trono de oro sabiendo que mi lealtad se compró con el silencio de las víctimas.
Que empiecen los gritos, que dicten la sentencia final; mi ala ya no sirve para volar hacia ellos, y la verdad es que, desde aquí abajo, el cielo no se ve tan limpio como dicen.
El aire en el Tribunal es frío, no de ese frío que refresca, sino de ese que busca congelar la voluntad. Me obligan a estar de rodillas, pero mis alas ya fueron arrancadas y la que me permitieron conserva yace manchada por el hollín de la desobediencia y el peso de la verdad.
→ Hoy es un día especial.
Hoy es el día de la continuación de mi juicio.
Estoy tan acostumbrado a ello, que me vuelvan a gritonear por no acatar las reglas, por haber matado cuando se me ordenó no castigar al culpable.
Levanto la vista hacia el resplandor cegador de mis antiguos hermanos. Me miran con una mezcla de lástima y asco, como si yo fuera una mancha de barro en su altar de mármol. "Fe", dicen ellos. "Obediencia", exigen las trompetas.
Pero mi fe murió el día que me pusieron una espada en la mano y me señalaron el cuello de un hombre justo, mientras el asesino recibía una túnica blanca por su "arrepentimiento de último minuto".
—¿Todavía no lo entienden? —
Mi voz resuena, áspera, rompiendo la armonía del coro celestial
Se enojan conmigo solo por decir aquello, pues en mi corazón no hay culpa ni arrepentimiento. Me piden que lamente haber hecho justicia, me piden que pida perdón por limpiar el mundo de una podredumbre que ustedes llaman "misericordia".
Me acusan de haber caído, pero yo siento que finalmente he aterrizado sobre la tierra firme. No pasé la prueba y me tiene sin cuidado.
Prefiero quemarme en el abismo por haber protegido la inocencia, que sentarme en un trono de oro sabiendo que mi lealtad se compró con el silencio de las víctimas.
Que empiecen los gritos, que dicten la sentencia final; mi ala ya no sirve para volar hacia ellos, y la verdad es que, desde aquí abajo, el cielo no se ve tan limpio como dicen.